En el barrio sin luz vivió un hombre -no hace tanto de eso, yo misma lo recuerdo- que presumía de ser el más feo de la parroquia. "No soy ni el más listo, ni el más rico, ni el más alto. Soy el más feo", decía mientras mi padre se moría de la risa en el cruce, hoy asfaltado, que separa Sixto de A Muxueira, el lugar del que procede la parte de la familia de la que menos genes he heredado y donde quedan como único recuerdo las cuatro paredes ruinosas de la casa vieja. A este hombre, Ramón para los documentos y para la lápida de su tumba, todo el mundo lo llamaba Pauliño, el nombre compartido con los suyos. Yo le profesaba un respeto tímido, abrumado, desde el día en que por accidente entré en una de las habitaciones de su casa y descubrí un maravilloso taller de artesano, repleto de figuritas de madera y herramientas de labranza de las que ya no se hacen. Creo que lo conocí jubilado, pero Pauliño, que fue como todos agricultor y además tenía un oficio, el de carpintero, no abandonó ni de viejo la madera. Siguió recibiendo encargos, arreglando azadas, barnizando con sumo cuidado cochecitos de miniatura, o hórreos de adorno, hasta que de un día para otro se encontró enfermo. Murió a las pocas semanas, después de sufrir mucho.
Yo iba de vez en cuando a la casa de Pauliño porque él era, con mi padre, el encargado de vigilar el depósito de agua que compartía media parroquia. Se turnaban para guardar las llaves y cuando había alguna avería subían al monte para arreglarla. Ni mi casa, ni la de Pauliño, ni la de muchos otros por allá está conectada a la traída pública, así que bebemos directamente del monte. No se asusten, es la mejor agua del mundo, sin cloro ni contaminación, verdaderamente incolora, inodora e insípida. A veces, cuando paso largas temporadas sin ir casa, hasta se me olvida lo buena y fresca que es, porque en Compostela tenemos la suerte de beber del grifo, pero regreso y la diferencia sigue siendo abismal, la misma que entre la leche de cartón y la de nuestras vacas, o que entre los huevos del supermercado y los del gallinero.
Todos los años, celebrábamos una reunión en la caseta de mi vecino Pablo, un hombre con pata de palo que había perdido la suya en la Guerra, para hacer balance de los gastos. En un lugar como el barrio sin luz, castigado por huidas constantes, que los vecinos nos juntarámos por lo menos para hablar de dinero me parecía sobrenatural. Yo acompañaba siempre a mi padre a aquellas reuniones en las que solo había hombres y facturas, y me sentía parte de algo. La tragedia de los lugares deshabitados es precisamente la fractura de la vida en común. En el barrio sin luz ya está ocurriendo.
Que fuese el encargado del pozo le confería a Pauliño un atractivo muy peculiar ante mis ojos de niña. Nadie cuidó el depósito con una diligencia parecida a la suya; tanta era la entrega por aquel pequeño cajón de cemento donde almacenamos el agua que en su entierro alguien se preguntó qué pasaría con el pozo y a quién se le daría llave. Como era de esperar cuando a supervivencia se refiere, enseguida nos organizamos, pero la identidad del encargado del depósito fue a partir de entonces difusa y cambiante.
El artesano Pauliño, el guardián del pozo, no era guapo, en verdad. Yo lo veía simplemente viejo, así que su belleza no me importaba mucho. De joven, pasó un miedo atroz durante una noche de larga caminata hasta Mondoñedo, en busca de un abogado que defediense a su cuñada en un asunto seguramente indefendible. Andó rápido, callado, y de vez en cuando miró hacia los lados por si alguien lo seguía. El asunto llenó páginas en los periódicos de sucesos de la época, los que tanto le gustaban a mi bisabuela materna, a la que enseñaron a leer pero no a escribir para que no se cartease con hombres, aunque nada pudo evitar que fuese madre soltera. La cuñada de Pauliño, vecina de mi padre, estaba detenida por matar a la mujer embarazada de su amante, ahogándola con trapos. En la parroquia se sospechó siempre de la complicidad de él, que se burlaba cuando su esposa se le quejaba de que la ex novia, con la que se seguía viendo, le salía al encuentro para amenazarla. A Pauliño, que por entonces era aun jovencito miedoso, horrorizado con el crimen, lo obligaron a salir de noche hacia Mondoñedo en busca de un abogado. Nunca pensó llegar vivo, con la familia de la muerta clamando venganza a pocos kilómetros de su casa. Pero regresó, y aunque la asesina fue a la cárcel, a Pauliño, que a diferencia del resto de los vecinos no era propietario de su casa y vivía de alquiler, le quedaría siempre un hondo pesar por su familia marcada. Asumió el crimen, que la gente de su mujer nunca aceptó del todo, con la valentía de los hombres buenos.
Yo iba de vez en cuando a la casa de Pauliño porque él era, con mi padre, el encargado de vigilar el depósito de agua que compartía media parroquia. Se turnaban para guardar las llaves y cuando había alguna avería subían al monte para arreglarla. Ni mi casa, ni la de Pauliño, ni la de muchos otros por allá está conectada a la traída pública, así que bebemos directamente del monte. No se asusten, es la mejor agua del mundo, sin cloro ni contaminación, verdaderamente incolora, inodora e insípida. A veces, cuando paso largas temporadas sin ir casa, hasta se me olvida lo buena y fresca que es, porque en Compostela tenemos la suerte de beber del grifo, pero regreso y la diferencia sigue siendo abismal, la misma que entre la leche de cartón y la de nuestras vacas, o que entre los huevos del supermercado y los del gallinero.
Todos los años, celebrábamos una reunión en la caseta de mi vecino Pablo, un hombre con pata de palo que había perdido la suya en la Guerra, para hacer balance de los gastos. En un lugar como el barrio sin luz, castigado por huidas constantes, que los vecinos nos juntarámos por lo menos para hablar de dinero me parecía sobrenatural. Yo acompañaba siempre a mi padre a aquellas reuniones en las que solo había hombres y facturas, y me sentía parte de algo. La tragedia de los lugares deshabitados es precisamente la fractura de la vida en común. En el barrio sin luz ya está ocurriendo.
Que fuese el encargado del pozo le confería a Pauliño un atractivo muy peculiar ante mis ojos de niña. Nadie cuidó el depósito con una diligencia parecida a la suya; tanta era la entrega por aquel pequeño cajón de cemento donde almacenamos el agua que en su entierro alguien se preguntó qué pasaría con el pozo y a quién se le daría llave. Como era de esperar cuando a supervivencia se refiere, enseguida nos organizamos, pero la identidad del encargado del depósito fue a partir de entonces difusa y cambiante.
El artesano Pauliño, el guardián del pozo, no era guapo, en verdad. Yo lo veía simplemente viejo, así que su belleza no me importaba mucho. De joven, pasó un miedo atroz durante una noche de larga caminata hasta Mondoñedo, en busca de un abogado que defediense a su cuñada en un asunto seguramente indefendible. Andó rápido, callado, y de vez en cuando miró hacia los lados por si alguien lo seguía. El asunto llenó páginas en los periódicos de sucesos de la época, los que tanto le gustaban a mi bisabuela materna, a la que enseñaron a leer pero no a escribir para que no se cartease con hombres, aunque nada pudo evitar que fuese madre soltera. La cuñada de Pauliño, vecina de mi padre, estaba detenida por matar a la mujer embarazada de su amante, ahogándola con trapos. En la parroquia se sospechó siempre de la complicidad de él, que se burlaba cuando su esposa se le quejaba de que la ex novia, con la que se seguía viendo, le salía al encuentro para amenazarla. A Pauliño, que por entonces era aun jovencito miedoso, horrorizado con el crimen, lo obligaron a salir de noche hacia Mondoñedo en busca de un abogado. Nunca pensó llegar vivo, con la familia de la muerta clamando venganza a pocos kilómetros de su casa. Pero regresó, y aunque la asesina fue a la cárcel, a Pauliño, que a diferencia del resto de los vecinos no era propietario de su casa y vivía de alquiler, le quedaría siempre un hondo pesar por su familia marcada. Asumió el crimen, que la gente de su mujer nunca aceptó del todo, con la valentía de los hombres buenos.
2 llamadas:
O noso "Barrio sin luz" desde agora será mais luminoso...
Non descubrira ata agora o teu BLOG, pero desde hoxe seréi teu fiel seguidor.
Grazas por escribir así Diana, chegarás moi lonxe.
Saúdos.
Agora terei un crítico que do barrio sin luz sabe bastante máis ca min, iso si!
Moi contenta de atoparte aquí.
Apertas.
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