Mi gran miedo de hipocondríaca incorregible es morirme sola, de repente, en medio de la noche. No por la soledad del momento -la muerte es siempre un trámite íntimo, aunque la acompañe un médico o toda una orquesta sinfónica- sino por el embrollo burocrático que provocaría a mis seres queridos, que jamás se imaginarían que yo, una chica joven y sana, pudiese morirme sin dar explicaciones a las cuatro de la mañana, por ejemplo. Tendrían que echar la puerta abajo porque no tienen llaves -justo el otro día los dueños cambiaron la cerradura del portal- y todo el edificio se enteraría de que he cometido la estupidez de morirme en plena juventud y sin tiempo de avisar a nadie. Pero lo peor, pasados ya los trámites, serían los comentarios de mis vecinos en el entierro, un repaso condescendiente y malicioso sobre mi vida familiar y mi fin desgraciado -¡morirse sola, tan joven, pobrecita!, dirían. Hasta el novio del colegio, que no tiene culpa de nada, saldría a relucir en esa conversación lamentable detrás de mi féretro, sin poder yo replicar la versión, seguro sesgada, de los viejos telenoveleros que se recrean con mi infortunio.
Y además, pienso ahora, se me pudrirían en la bandeja los macarrones con salmón listos para gratinar al día siguiente; qué candor el mío, que los preparé segura de que viviría para comérmelos. No puedo soportar ese detalle que tanto haría sufrir a mi madre.
Hoy es el día de Todos los Santos, y aunque los niños ahora lo celebran disfrazándose de zombies, cuando yo era como ellos me pasaba la mañana preparando ramos para llevar al cementerio. El olor de las flores de Difuntos, casi siempre húmedas por la lluvia, es imborrable; hasta parece que la muerte es menos triste gracias a ese recuerdo de flores recién cortadas: en mi casa crecen justo al lado de las lechugas, y es una tragedia si por alguna enfermedad o por falta de lluvia la planta se muere antes de noviembre. Las compradas, bien envueltas en plástico transparente, no huelen así. Creo que le gustan mucho a la tatarabuela, a la que aún le llevamos flores el día de Todos los Santos. Había muerto ya cuando mi abuela nació, pero no podemos despreciarla porque fue ella la que construyó la casa en la que vivimos. Le debemos una a la señora, que tuvo la desgracia de morirse joven y de forma repentina. Tal vez sintió mi mismo miedo, sola ante el terror de saber que iba a desaparecer sin poder explicarse. Es terrible quedarse con la palabra en la boca, sin derecho a réplica. Así no se puede ni descansar en paz.
P.D. Hoy les dejo una necrológica maravillosa: un poema que Ernesto Cardenal, el anciano sandinista, dedicó a la muerte de Marilyn Monroe. Ya que te mueres dejando un reguero de incógnitas, que por lo menos un buen cantor del amor y de la guerra te escriba algo tan hermoso.
ORACIÓN POR MARILYN MONROE
Señor
recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe,
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.
Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia (según cuenta el Times)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también algo más que eso...
Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz).
Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox.
El templo —de mármol y oro— es el templo de su cuerpo
en el que está el hijo de Hombre con un látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.
Señor
en este mundo contaminado de pecados y de radiactividad,
Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda
que como toda empleadita de tienda soñó con ser estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos,
el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo.
Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.
Para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el Psicoanálisis.
Recuerda Señor su creciente pavor a la cámara
y el odio al maquillaje insistiendo en maquillarse en cada escena
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.
Como toda empleadita de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva.
Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
¡y se apagan los reflectores!
Y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
mientras el Director se aleja con su libreta
porque la escena ya fue tomada.
O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
vistos en la salita del apartamento miserable.
La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue
como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan solo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER
O como alguien que herido por los gangsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.
Señor:
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles)
¡contesta Tú al teléfono!
0 llamadas:
Publicar un comentario en la entrada