Mi relación con el psicoanalista -un intercambio fantasioso, casi siempre inútil y sin duda contractual de pareceres atormentados- se ha ido al traste. Ayer me recibió más tarde de lo normal, después de echar a gritos de la consulta a una viejecita enjuta, con pinta de viuda de muchos años. La escena me resultó tan violenta que estuve a punto de darme la vuelta y marcharme, sobre todo cuando al cruzarnos en la puerta la señora me miró con sus ojos enormes y humillados.
Ya me lo decía mi hijo. Esto es para gente joven, me advirtió al pasar.
El consultorio de mi psicoanalista podría parecerse a cualquier otra cosa de no ser por la decena de diplomas que adornan la salita en la que enreda y desenreda las mentes ajenas, y a veces hasta la propia. A mí me recuerda mucho al piso de una amiga de la Universidad, que vivió cinco años en un estudio sin muebles pero lleno de alfombras. Es más acogedor así, me decía cuando yo le recomendaba comprarse un armario. A veces leíamos tiradas sobre el suelo, la opción más cómoda porque en el colchón se adivinaban los hierros del somier.
- Pase, pase, no estábamos discutiendo. Tengo un tono de voz demasiado alto. ¡Pero qué le voy a contar a usted! La gente es tan complicada...
Mi psicoanalista, que cobra por reconocer en los otros los perversos mecanismos con los que el cerebro esconde el miedo y el deseo, se pone muy nervioso al mentir. Se lo noté en la primera consulta, cuando me contó que las cosas le iban bastante bien a pesar de que la nuestra es una ciudad pequeña, orgullosamente conservadora y siempre reticente ante los ejercicios liberadores. En realidad, este hombre es mitad iluso, mitad encantador de serpientes. Se engaña y engaña y va viviendo de eso.
El ritual es el mismo todas las semanas. Yo entro en el consultorio, dejo mi bolso y espero a que el psicoanalista se ponga de nuevo la bata blanca, se acerque y me estreche la mano con afecto fingido. Después me tumbo en el sillón y empiezo a hablar de lo primero que se me viene a la cabeza. Él me interrumpe cuando percibe entre mis reflexiones alguna señal de alarma. Sucede de forma invariable a los cuatro minutos y medio; el psicoanalista se adueña de la conservación y ya no hay manera de salvarse. Ayer me cortó justo cuando trataba de contarle que soy la menor de tres hermanos y la nieta preferida de la abuela. No sabíamos aún -¡pobrecitos nosotros!- que nuestro vínculo semanal estaba a punto de irse al garete.
Ya me lo decía mi hijo. Esto es para gente joven, me advirtió al pasar.
El consultorio de mi psicoanalista podría parecerse a cualquier otra cosa de no ser por la decena de diplomas que adornan la salita en la que enreda y desenreda las mentes ajenas, y a veces hasta la propia. A mí me recuerda mucho al piso de una amiga de la Universidad, que vivió cinco años en un estudio sin muebles pero lleno de alfombras. Es más acogedor así, me decía cuando yo le recomendaba comprarse un armario. A veces leíamos tiradas sobre el suelo, la opción más cómoda porque en el colchón se adivinaban los hierros del somier.
- Pase, pase, no estábamos discutiendo. Tengo un tono de voz demasiado alto. ¡Pero qué le voy a contar a usted! La gente es tan complicada...
Mi psicoanalista, que cobra por reconocer en los otros los perversos mecanismos con los que el cerebro esconde el miedo y el deseo, se pone muy nervioso al mentir. Se lo noté en la primera consulta, cuando me contó que las cosas le iban bastante bien a pesar de que la nuestra es una ciudad pequeña, orgullosamente conservadora y siempre reticente ante los ejercicios liberadores. En realidad, este hombre es mitad iluso, mitad encantador de serpientes. Se engaña y engaña y va viviendo de eso.
El ritual es el mismo todas las semanas. Yo entro en el consultorio, dejo mi bolso y espero a que el psicoanalista se ponga de nuevo la bata blanca, se acerque y me estreche la mano con afecto fingido. Después me tumbo en el sillón y empiezo a hablar de lo primero que se me viene a la cabeza. Él me interrumpe cuando percibe entre mis reflexiones alguna señal de alarma. Sucede de forma invariable a los cuatro minutos y medio; el psicoanalista se adueña de la conservación y ya no hay manera de salvarse. Ayer me cortó justo cuando trataba de contarle que soy la menor de tres hermanos y la nieta preferida de la abuela. No sabíamos aún -¡pobrecitos nosotros!- que nuestro vínculo semanal estaba a punto de irse al garete.
- ¿Tiene padre?- empezó. Sentí la tentación de aclararle que padre lo tenemos todos para fortuna o desgracia de nuestra madre, pero me contuve porque al psicoanalista no le gusta nada que me haga la graciosa.
- ¿Y qué cree que espera su padre de usted? - preguntó cuando yo asentí sin demasiado entusiasmo. Sabía que después de eso no tardaría en llegar el diálogo enrevesado.
- Que sea guapa, elegante, bien educada. Y que lo respete y no lo contradiga en nada. Ah, y que sea muy decente y lo vea siempre como una autoridad. Esa es la hija perfecta para él.
El psicoanalista se ríe mientras anota en su cuardeno que tengo un padre autoritario que fiscaliza todos mis movimientos.
- Por lo menos no me dice que lo que su padre quiere es que usted sea feliz. Estoy harto de ese lugar común. Aquí quien más quien menos tiene un padre así. Los que dicen eso son hijos de un inocentón, ¿no le parece?
No me esperaba semejante reflexión de mi psicoanalista, que en realidad es un hombre melifluo al que le gusta mucho la versión dedicada a Lady Di de Candle in the wind. Pienso ahora que tal vez debí preguntarle si le pasaba algo, si necesitaba hablar o salir a tomar el aire, esas cosas que se dicen los amigos o los amantes, más los primeros que los segundos, cuando las cosas pintan mal. Pero a él le fastidia mucho que interrumpa mis pensamientos para ocuparme de los suyos, así que decidí limitarme a contestar la pregunta que me había hecho.
- Sin duda alguna. A la larga, no hay nada peor que un padre inocente. El mío debe de pensar que soy una mujer terrible para amenazarme como lo hace.
- Y su madre, ¿qué dice?
- ¿Mi madre? Pues que no se lo tenga en cuenta, porque lo que mi padre quiere es que yo sea feliz.
Levantó la vista de su cuaderno y me miró fijamente. No estaba tan mal el psicoanalista.
- Dígale que venga
- ¿A quién?
- A su madre. Así podré entenderla mejor a usted.
- Oh, no, ni hablar. No puedo decir en casa que me gasto el dinero en esto.
Ahí se acabo todo. Mi tenue relación con el psicoanalista no soportó tanta franqueza. Aunque sin maldad, llevaba semanas mintiéndole, contándole historias fantasiosas para poner a prueba su capacidad de reacción, siempre sorprendente. Nunca creí que pudiera entender mi mente ni la de ninguna otra persona. Sé que es un charlatán y que probablemente los títulos que adornan su consultorio son falsos. Y, por supuesto, no tengo duda de que los diagnósticos de estos días -señorita, es usted una kamikaze; es evidente que su amor frustado por aquel profesor de Filosofía le ocasionó un trauma; teme usted a la muerte porque sobredimensiona la importancia de su vida- no fueron más que inventos apresurados para salir del paso y ganarse el sueldo. La pequeña ciudad en la que vivimos, esa reticente a los ejercicios liberadores, nos enferma y nos convierte en farsantes de medio pelo.
- ¡Salga usted de aquí ahora mismo! - me ordenó. Tenía la mirada vidriosa de los moribundos o de los personajes de dibujos animados cuando van a llorar.
- Oiga, ¡que le voy a pagar!
- Acabo de echar a una vieja por lo mismo. Que quería hablar con su marido muerto hace 45 años, me dijo. Si no creen en esto, ¿a qué vienen?
Me marché, indignada y sin contestarle, no porque mi amigo tuviera razón, sino porque ninguno de los dos la tenía. Hace tres meses que me gasto una parte de mi sueldo - un sueldo pequeño, de esos que no dan para mantener un alquiler y un coche al mismo tiempo- en hablar con mi ya expsicoanalista una hora a la semana, a veces dos. No sé por qué lo hago; tal vez lo descubra ahora que comienza el otoño. Ya no tendré mi cita de los jueves de ocho a nueve. A lo mejor salgo a pasear para ver cómo cierran las tiendas y empieza a caer la noche, con las calles en pleno colapso. Es el mejor momento del día si uno es peatón.
No me esperaba semejante reflexión de mi psicoanalista, que en realidad es un hombre melifluo al que le gusta mucho la versión dedicada a Lady Di de Candle in the wind. Pienso ahora que tal vez debí preguntarle si le pasaba algo, si necesitaba hablar o salir a tomar el aire, esas cosas que se dicen los amigos o los amantes, más los primeros que los segundos, cuando las cosas pintan mal. Pero a él le fastidia mucho que interrumpa mis pensamientos para ocuparme de los suyos, así que decidí limitarme a contestar la pregunta que me había hecho.
- Sin duda alguna. A la larga, no hay nada peor que un padre inocente. El mío debe de pensar que soy una mujer terrible para amenazarme como lo hace.
- Y su madre, ¿qué dice?
- ¿Mi madre? Pues que no se lo tenga en cuenta, porque lo que mi padre quiere es que yo sea feliz.
Levantó la vista de su cuaderno y me miró fijamente. No estaba tan mal el psicoanalista.
- Dígale que venga
- ¿A quién?
- A su madre. Así podré entenderla mejor a usted.
- Oh, no, ni hablar. No puedo decir en casa que me gasto el dinero en esto.
Ahí se acabo todo. Mi tenue relación con el psicoanalista no soportó tanta franqueza. Aunque sin maldad, llevaba semanas mintiéndole, contándole historias fantasiosas para poner a prueba su capacidad de reacción, siempre sorprendente. Nunca creí que pudiera entender mi mente ni la de ninguna otra persona. Sé que es un charlatán y que probablemente los títulos que adornan su consultorio son falsos. Y, por supuesto, no tengo duda de que los diagnósticos de estos días -señorita, es usted una kamikaze; es evidente que su amor frustado por aquel profesor de Filosofía le ocasionó un trauma; teme usted a la muerte porque sobredimensiona la importancia de su vida- no fueron más que inventos apresurados para salir del paso y ganarse el sueldo. La pequeña ciudad en la que vivimos, esa reticente a los ejercicios liberadores, nos enferma y nos convierte en farsantes de medio pelo.
- ¡Salga usted de aquí ahora mismo! - me ordenó. Tenía la mirada vidriosa de los moribundos o de los personajes de dibujos animados cuando van a llorar.
- Oiga, ¡que le voy a pagar!
- Acabo de echar a una vieja por lo mismo. Que quería hablar con su marido muerto hace 45 años, me dijo. Si no creen en esto, ¿a qué vienen?
Me marché, indignada y sin contestarle, no porque mi amigo tuviera razón, sino porque ninguno de los dos la tenía. Hace tres meses que me gasto una parte de mi sueldo - un sueldo pequeño, de esos que no dan para mantener un alquiler y un coche al mismo tiempo- en hablar con mi ya expsicoanalista una hora a la semana, a veces dos. No sé por qué lo hago; tal vez lo descubra ahora que comienza el otoño. Ya no tendré mi cita de los jueves de ocho a nueve. A lo mejor salgo a pasear para ver cómo cierran las tiendas y empieza a caer la noche, con las calles en pleno colapso. Es el mejor momento del día si uno es peatón.
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