viernes 12 de agosto de 2011

Balzac

He hecho mal en decirle a mi psicoanalista que anoche soñé que me mataba un chino en la puerta de mi casa. Tampoco debería haberle dicho que cuando me desperté, aún conmocionada porque había estado a punto de ser acuchillada por la espalda, me quedé un rato pensando en lo terrible que tiene que ser el instante en el que uno se da cuenta de que va a ser asesinado. Pero mi error, mi gran error de paciente novata, fue contarle, entre risas, que después de recuperarme del susto y comprobar que estaba sola en casa, me quedé observando la luz que entraba por la rendija de la persiana y pensé: ¡Bien! ¡Hoy me he despertado temprano, así que aprovecharé mejor el día! Aunque luego me quedé dormida sin querer y tuve que apurar la ducha y el desayuno, mi psicoanalista ni se conmovió con mis pretensiones de mujer ordenada. Todo lo contrario. Me miró con gesto severo y me dijo muy serio: me preocupas, no puedes tomarte tu vida tan a la ligera. Dicho lo cual, me retuvo una hora más en su consultorio para arrancarme ese tipo de imbecilidades que él, ser complejo como todo psicoanalista, cree confesiones de persona atormentada. La sesión extra me la cobrará la próxima vez, porque le he dicho que si le pago mañana no tengo cereales para desayunar, y mi psicoanalista no quiere que pase hambre.

- ¿Pero usted como sabía que era un chino?
Observo a mi psicoanalista y me parece mentira que pueda dedicarse a esto (quiero decir, a hablar estupideces con gente que ni conoce). Es un hombre alto, como todos los hombres interesantes, y aunque sus preguntas son casi siempre lamentables, he terminado por cogerle un gran cariño.
-Al volver él la cabeza me di cuenta. Era chino, un chino de manual, un chino perfecto.
-¿Has estado en China alguna vez?
-No, pero me gustaría. Tal vez el año que viene.
- ¿Qué opinas de Hu Jintao?
Hay cosas que uno no debe decirle jamás a su psicoanalista. Yo sé perfectamente que a este buen hombre que me atiende puedo mentirle sin remilgos, porque no se dará cuenta y porque al fin y al cabo lo que yo necesito es olvidarme de la estupidez cotidiana; por eso estamos él y yo aquí, yo acostada sobre un sillón carísimo y él a mi lado, demasiado cerca diría yo, la suya es una distancia de dentista y no de psquiatra, aunque tampoco estoy muy segura de los códigos que rigen en la especialidad.
- Mire, es que yo no sé quién demonios es Hu Jintao.
Lo anota en su libreta: mi hoja clínica debe de ser un compendio de observaciones incomprensibles.


De niña le impresionaban las peceras en las tiendas.

No le gusta el macramé.

Tiene un primo que se llama Ludovico

En su último sueño la mataba un chino.


No es culpa mía que mi psicoanalista conozca tan íntimos y rocambolescos detalles, es él el que me lleva a esas confesiones con sus preguntas precisas, a veces tan difíciles de contestar.

- ¿Tienes miedo a la muerte?

- Hombre, un poco sí. Anoche, justo cuando iba a clavarme el cuchillo, el chino giró la cabeza y me desperté. En el fondo creo que es porque no quería morirme, pero cuando suceda de verdad pasaré mucho miedo.

- ¿Cuando suceda de verdad el qué? ¿Que la mate un chino?

Como ven, mi psicoanalista es un hombre realmente complicado. Ni siquiera puedo ayudarle a ver claro porque no me permite corregirlo ni introducir matices. Las cosas son o no son, piensa él.

- Me intranquiliza mucho que sueñe usted que un chino la asesina. ¿Cuál fue el último libro que le presté?

- Balzac y la joven costurera china.

- ¿Le gustó?

- Bueno, lo leí en el autobús. Es una bonita historia sobre la redención de la lectura.
Anota de nuevo en su libreta algo como "lee en el autobús". Se quita las gafas.

- Resúmamelo.

- No recuerdo el nombre de los protagonistas, eran dos chicos burgueses enviados por el régimen chino a un campo de reeducación, en los años de la Revolución Cultural. Allí se enamoran de una campesina analfabeta a la que enseñan a leer con las obras de Balzac que tienen escondidas en una maleta.

Sigue anotando, ahora a la velocidad del rayo. Es un psicoanalista zurdo, obsesivo con la reacción espontánea, con los miedos que afloran bajo el perfume y el maquillaje, dice. Yo no sé hacerme ni la raya de los ojos.

- ¿Por qué cree usted que transforma una historia de amor, al fin y al cabo una historia de redención, como usted misma reconoce, en un mal sueño?

- Disculpe, no entiendo lo que me dice.

- ¿Por qué el chino enamorado de la campesina iba a querer matarla a usted?

- Bueno, yo no creo que sea el mismo chino.

- ¿Qué chino iba a ser entonces? Cuénteme, ¿qué le parece el mensaje del libro?
- Ella acaba huyendo de la aldea porque Balzac despierta su curiosidad por el mundo. Es natural que a la chica le suceda eso, pero él no lo comprende. La prefería ignorante y miedosa. Es un poco triste, ¿no cree?

- Aquí las preguntas las hago yo. Veo que durante la lectura ha desarrollado un profunda aversión hacia el protagonista masculino de la obra de Dai Sijie.

Empieza a sacarme de mis casillas.

- No, para nada. Yo lo entiendo también a él. Es hijo de médicos, viene de la ciudad y se siente prisionero en esa montaña llena de bárbaros. La campesina es su creación.

- ¿Le daría miedo un hombre que le recuerda a cada instante todo lo que ha hecho por usted?

- Eh, claro, un poco.

Sonríe por primera vez en la tarde. Son las ocho en punto. Como es verano todavía no ha anochecido.

- ¡Son todas igualitas!

Se levanta, se quita la bata de psiquiatra y me estrecha la mano con afecto.

- ¿Ve como vamos mejorando?


Lo que mi psicoanalista no sabe, ni se imagina, es que todas las noches después del capítulo de rigor de Balzac y la joven costurera china en el autobús, leo a Henning Mankell.