jueves 7 de abril de 2011

La vida de T.L

La vida de T.L parece más interesante de lo que es. Cada mañana se levanta -siempre con retraso, porque la noche anterior se ha acostado tarde y le duele la cabeza- y cuando se mira al espejo se ve feo - porque en realidad no es tan guapo como quisiera ni como le dicen su madre y su novia. Que su madre y su novia digan las mismas cosas no le entusiasma pero tampoco le atormenta; peor sería, piensa cuando no puede dormir, que además de parecerse se compinchasen en su contra.


La vida de T.L parece más divertida de lo que es. Los viernes y los sábados es fácil verlo en los bares de su ciudad -a veces incluso en los bares de otras ciudades- porque T.L tiene tantos amigos que quieren beber con él que a duras penas logra repartirse entre todos. Cuando no lo llaman se los encuentra apoyados en las barras o mirándole el culo a alguna chica de minifalda que mete barriga justo cuando entra en el pub. Entonces T.L se retira para no interrumpir el amor fugaz y se dice a sí mismo que la noche ha refrescado y que será mejor volver a casa, aunque sea solo.


La vida de T.L parece más lógica de lo que es. Todos piensan que se ha quedado en la ciudad porque tiene un trabajo más o menos estable que incluso le deja libres los domingos para dormir o ir al estanque a echar comida a los patos, él puede elegir. En realidad, T.L tiene un gato viejo y enfermo que no soporta los viajes y que su madre no quiere en casa. Es animal silencioso, frío e independiente, pero de vez en cuando, sobre todo cuando en la tele ponen comedias románticas y películas de acción, se sienta a su lado en el sofá y ronronea.


La vida de T.L parece más saludable de lo que es. Su madre le llena la mochila de patatas cada vez que vuelve a casa y en el coche, entusiasmado, aprovecha para recordar la receta del guiso de verduras que le ha enseñado su tía la del pueblo. En el supermercado, T.L jamás compra bollería ni precocinados, porque piensa que tal vez todo eso le dé granos y le reste vigor sexual. Pero en realidad las patatas del guiso de verduras siempre acaban convertidas en una costra negra pegada al fondo de la olla. Entonces T.L se siente muy desgraciado y baja al bar a comprar una bolsa de patatas fritas sabor barbacoa para almorzar y sobrellevar el fracaso.


La vida de T.L parace más intensa de lo que es. Su perfil en una conocida red social muestra que T.L lleva una actividad frenética. Asiste a fiestas de cumpleaños -algunas incluso aeropuerto mediante-, a ciclos de escritura creativa en cafés literarios, a despedidas de soltero, a picnics en el campo, a fines de semana de ibuprofeno y pasión con su novia, a todos los conciertos de los grupos de moda, a cenas de empresa, a reencuentros con los compañeros de guardería e incluso de vez en cuando queda con alguna ex para tomarse un café y demostrarse la amistad mutua y desinteresada que ha dejado tras de sí el chasco amoroso. En realidad, cuando T.L se aburre mucho en casa y se pone a pensar, se da cuenta de que sabe muy pocas cosas de la gente que le rodea. A veces hasta se alegra.


La vida de T.L parece más honesta de lo que es. Ha visto Yakarta, Bombay, El Cairo, Fez, Pekín, el Gran Cañón del Colorado, Guanajuato, el Rímac y el delta del Orinoco, aunque jamás se atreverá a confesar que le dan miedo las multitudes y que, en el fondo, teme y desprecia a los que no son como él.


La vida de T.L parece más tranquila de lo que es. Nunca ha leído poesía -no la entiende ni le interesa- pero se ha aprendido de memoria varios versos de Paul Éluard y de Jaime Sabines por si acaso se convierten en tema de conversación algún día en casa de los amigos. T.L vive en un estado de alerta constante y le da vergüenza no entender. Cree que conocer a Roque Dalton puede salvarlo de la soledad.