M. jamás pudo asomar la cabeza por las ventanas porque el tatarabuelo, que levantó la casa en tiempos de carestía, las había asegurado con rejas de hierro para espantar a los ladrones. Muchos años después, aquella vista interrumpida por los barrotes provocaría una congoja difícil de borrar en la tataranieta anémica que vino a nacer en la misma casa, convertida gracias al tiempo y a los terremotos en un lugar miserable. En la televisión, en los bares y en los mercados - que solo conservaban la venta de cerdos y de pantalones vaqueros venidos de muy lejos - la gente insistía en los cambios rápidos del mundo. Pero detrás de las rejas cubiertas de telarañas, la tataranieta perdía el apetito y se quejaba de lo lento que pasaba el tiempo cuando en verano el autobús del colegio la dejaba abandonada en el barrio de al lado, adornado por el jardín de camelias de una vieja obsesionada con las plantas y con un perro sin raza que murió ciego. El buzón de la tataranieta lo tenía alojado en su portal un vecino chepudo que solo dejó de traer las cartas hasta la casa de las rejas cuando los años le impidieron subir la cuesta que separaba un barrio del otro. Era un viejo tan sencillo que podía ser cualquiera. Se llamaba José y su mujer, más anciana aún, María. Los dos habían perdido todos los dientes.
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