Cada vez que se acercan las elecciones municipales, los alcaldes proceden al reparto de la luz o, lo que es lo mismo, la colocación de faroles por doquier. Es una tarea ardua, que exige don de gentes y una cierta sensibilidad: el vecino que se quede sin un punto de luz enfrente de su puerta puede sentirse marginado, sobre todo si en su fuero interno ya ha decidido votar a la oposición. La oscuridad es el mayor desprecio de un político hacia su electorado. Es ignorarlo, decirle que no existe. Durante años, mi padre pensó que el alcalde lo había abandonado porque de todos los barrios de los alrededores el nuestro era el único que no tenía alumbrado público. He de decir que, al menos en mi pueblo, el concepto de alumbrado público es bastante reducido y que, en la práctica, se reduce a tener una o dos farolas iluminando la entrada de cada casa, el corral, como dirían mis vecinos. La gente rechaza sin miramientos los faroles encendidos en los caminos, entre eucaliptos y curvas por las que ya no pasa nadie. Es una pérdida imperdonable de luz habiendo barrios fantasmas a los que alumbrar, pensarán. Lo cierto es que mi padre no comprendía por qué el alcalde había dejado nuestro barrio a oscuras. A veces hasta se arrepentía de haberle dicho, varias campañas electorales antes, que no pensaba votarle ni loco. Ahora, por deslenguado, desaparecíamos cuando caía la noche. Porque el efecto era justo ese: anochecía y los barrios desgraciados se evaporaban bajo un manto negro. Supongo que por eso en mi casa siempre hubo obsesión por las linternas. Cuando me fui a vivir a Santiago, me obligaron a llevar una conmigo, para que no me quedase a oscuras si un día se iba la luz. Me la regaló mi abuelo, que también me compró una manta horrible para que no pasase frío. Nunca usé ninguna de las dos cosas: Compostela resultó ser un lugar bastante más cálido y luminoso que el que dejaba atrás.
El alcalde iluminador sabe que Dios, antes de crear al hombre, creó la luz. Se la inventó, no hay duda, para que fuese importante y por eso hoy sigue siendo símbolo de progreso. En mi pueblo, las campañas electorales giran en torno a la instalación de nuevos focos y la limpieza de cunetas. Que el cargo público debe velar por la seguridad y el bienestar de votantes y no votantes es algo que no dudo, pero el intercambio de votos por faroles me parece una forma muy mediocre de hacer política.
- Mira qué bien alumbra. Y justo en el corral.
Un viernes de hace cuatro años llegué a casa de mis padres a pasar el fin de semana y me encontré un foco del Ayuntamiento justo enfrente de la puerta. Me desconcertó un poco tanta luz y sobre todo tanto entusiasmo. Yo estaba acostumbrada a oír gritos cada vez que me dejaba encendida la luz del alpendre y en alguna ocasión había discutido con mi padre sobre la necesidad de iluminar un poco más la entrada en casa. Él siempre estaba en contra, era un gasto del que podíamos prescindir, decía. Pero el alumbrado público empezó a llegar a los lugares más insospechados: incluso el camino que va a dar a la iglesia, bien poblado de eucaliptos a ambos lados, se llenó de focos en cuestión de semanas. Al anochecer, se veían lucecitas amarillas entre los árboles, y solo después del susto inevitable una recordaba que el Ayuntamiento había iluminado uno de los caminos menos transitados de la parroquia y que no estaba ardiendo el monte ni nada parecido. El reparto fue anárquico e incomprensible, pero cambió algunos hábitos. Alguna vez temí que quien nos conociese de noche fuese a pensar que en realidad éramos un pueblo mediano, con calles, plazas y avenidas, pero ahora sé que eso será imposible, a menos que el Ayuntamiento decida alumbrar también las pistas de la concentración, largas, rectas y en cuadrícula como los ensanches de las ciudades. Pero eso no ha pasado y, sinceramente, no creo que pase porque las arcas municipales han debido de quedar temblando ahora que tenemos un paseo fluvial (con buen alumbrado, por supuesto) en el río Ferreira, que cada vez lleva menos agua. Mis amigos dicen que será un fracaso porque ni los viejos vendrán por las tardes a sentarse a ver el río, aunque a mí el paseo - que inauguré la noche de fin de año junto a mis colegas pesimistas- me ha servido para descubrir que el río Ferreira tiene varios saltos nada desdeñables que nunca antes pude ver porque los cubría la maleza. También han arreglado el puente das comenencias, que permite el acceso a una casa que está justo al lado del río. Era en este lugar donde los tratantes hacían sus negocios cuando el mercado de ganado todavía existía, de ahí el nombre.
Pero no es del río de lo que quiero hablar, sino de la luz. Pese a lo que pueda parecer, mi pueblo ha sido privilegiado: la luz eléctrica llegó a las casas a finales del siglo XIX, algo insólito en zonas de montaña como la nuestra. El río Canedo, que atraviesa los montes de Santo Tomé dejando a su paso pozos profundos y cataratas interminables - otra cosa no habrá en los valles salvo saltos de agua, dice mi madre - vio nacer una de las primeras industrias del municipio, una pequeña presa que desterró las lámparas de aceite ya en tiempos de mis tatarabuelos. La construyó un indiano que también fue alcalde en un lugar aquejado de superstición: el Canedo era el hábitat de los encantos, esas mujeres de los ríos a las que a veces los vecinos sorprendían lavando la ropa (también mi abuela iba al Canedo a lavar, aunque ella era muy de este mundo). Pero que la luz llegase tan pronto no significa que llegase bien. En realidad los cortes de luz fueron muy frecuentes hasta hace pocos años. Recuerdo que cuando era niña, con la mínima tormenta, nos quedábamos a oscuras durante varios días. Para esas ocasiones teníamos unos candelabros gigantescos que poníamos sobre la mesa para poder cenar - aunque con la boca siempre se acierta, razonaba mi madre cuando yo usaba la oscuridad como excusa para no comer. Nunca lamenté la falta de luz, sobre todo porque mi hermana y yo aprovechábamos el incidente para imaginar que estábamos en un restaurante lujoso como los que salían en las películas. Los incidentes eran tan habituales que desde niña sé que cuando se apaga la bombilla de repente pueden suceder dos cosas: una, que un rayo haya bajado el automático, nada grave porque se vuelve a subir, y otra, que haya una avería gorda en el transformador (en este caso el automático no tiene por qué bajarse) y la cosa vaya para largo. Entonces lo único que se puede hacer es esperar a que la luz se haga de nuevo. Casi como un milagro.
He de decir, sin embargo, que las averías son cada vez menos frecuentes y que se subsanan mucho más rápido. Hasta el alumbrado público funciona rabiosamente bien. Una se acostumbra a la luz y de pronto la oscuridad le parece asunto de miserables. Si no hay foco, no hay ciudadano. La noche en la que descubrí el farol frente a la puerta de mi casa fue toda una revelación. Mi padre, entusiasmado con la luz - para más inri, es electricista - ya no se sentía discriminado por el Ayuntamiento y en aquellas elecciones fue a votar. Por la tarde, cuando empezaba a anochecer, se quedaba mirando el foco para ver el instante justo en el que se iluminaba, como un niño con zapatos nuevos. Al verlo así, recordé algún viaje de noche desde Mondoñedo: la luz me servía para saber a qué altura del camino estábamos: si era cálida, amarilla, en San Pedro; si era blanca, ya en Ferreira. El resto del trayecto era una incógnita.
Qué quieren que les diga. No tengo nada en contra de la luz, todo lo contrario: sin ella no podría escribir, ni leer, ni cocinar, ni barrer bien el suelo (aunque a oscuras también se pueden hacer cosas interesantes). Al alcalde iluminador no le interesa nada que no sea iluminar, porque no tiene dinero para más o porque no sabe hacer otra cosa. Es un pequeño dios, reparte faroles a su antojo y en mi pueblo quien tiene la luz tiene el poder.
P.D. Les dejo un enlace nostálgico. Es del blog de Miguel Vila, nacido también en este pueblo oscuro de puertas para fuera. Él tiene más edad y por lo tanto más recuerdos.
http://www.colineta.com/2009/10/31/calexon/
El alcalde iluminador sabe que Dios, antes de crear al hombre, creó la luz. Se la inventó, no hay duda, para que fuese importante y por eso hoy sigue siendo símbolo de progreso. En mi pueblo, las campañas electorales giran en torno a la instalación de nuevos focos y la limpieza de cunetas. Que el cargo público debe velar por la seguridad y el bienestar de votantes y no votantes es algo que no dudo, pero el intercambio de votos por faroles me parece una forma muy mediocre de hacer política.
- Mira qué bien alumbra. Y justo en el corral.
Un viernes de hace cuatro años llegué a casa de mis padres a pasar el fin de semana y me encontré un foco del Ayuntamiento justo enfrente de la puerta. Me desconcertó un poco tanta luz y sobre todo tanto entusiasmo. Yo estaba acostumbrada a oír gritos cada vez que me dejaba encendida la luz del alpendre y en alguna ocasión había discutido con mi padre sobre la necesidad de iluminar un poco más la entrada en casa. Él siempre estaba en contra, era un gasto del que podíamos prescindir, decía. Pero el alumbrado público empezó a llegar a los lugares más insospechados: incluso el camino que va a dar a la iglesia, bien poblado de eucaliptos a ambos lados, se llenó de focos en cuestión de semanas. Al anochecer, se veían lucecitas amarillas entre los árboles, y solo después del susto inevitable una recordaba que el Ayuntamiento había iluminado uno de los caminos menos transitados de la parroquia y que no estaba ardiendo el monte ni nada parecido. El reparto fue anárquico e incomprensible, pero cambió algunos hábitos. Alguna vez temí que quien nos conociese de noche fuese a pensar que en realidad éramos un pueblo mediano, con calles, plazas y avenidas, pero ahora sé que eso será imposible, a menos que el Ayuntamiento decida alumbrar también las pistas de la concentración, largas, rectas y en cuadrícula como los ensanches de las ciudades. Pero eso no ha pasado y, sinceramente, no creo que pase porque las arcas municipales han debido de quedar temblando ahora que tenemos un paseo fluvial (con buen alumbrado, por supuesto) en el río Ferreira, que cada vez lleva menos agua. Mis amigos dicen que será un fracaso porque ni los viejos vendrán por las tardes a sentarse a ver el río, aunque a mí el paseo - que inauguré la noche de fin de año junto a mis colegas pesimistas- me ha servido para descubrir que el río Ferreira tiene varios saltos nada desdeñables que nunca antes pude ver porque los cubría la maleza. También han arreglado el puente das comenencias, que permite el acceso a una casa que está justo al lado del río. Era en este lugar donde los tratantes hacían sus negocios cuando el mercado de ganado todavía existía, de ahí el nombre.
Pero no es del río de lo que quiero hablar, sino de la luz. Pese a lo que pueda parecer, mi pueblo ha sido privilegiado: la luz eléctrica llegó a las casas a finales del siglo XIX, algo insólito en zonas de montaña como la nuestra. El río Canedo, que atraviesa los montes de Santo Tomé dejando a su paso pozos profundos y cataratas interminables - otra cosa no habrá en los valles salvo saltos de agua, dice mi madre - vio nacer una de las primeras industrias del municipio, una pequeña presa que desterró las lámparas de aceite ya en tiempos de mis tatarabuelos. La construyó un indiano que también fue alcalde en un lugar aquejado de superstición: el Canedo era el hábitat de los encantos, esas mujeres de los ríos a las que a veces los vecinos sorprendían lavando la ropa (también mi abuela iba al Canedo a lavar, aunque ella era muy de este mundo). Pero que la luz llegase tan pronto no significa que llegase bien. En realidad los cortes de luz fueron muy frecuentes hasta hace pocos años. Recuerdo que cuando era niña, con la mínima tormenta, nos quedábamos a oscuras durante varios días. Para esas ocasiones teníamos unos candelabros gigantescos que poníamos sobre la mesa para poder cenar - aunque con la boca siempre se acierta, razonaba mi madre cuando yo usaba la oscuridad como excusa para no comer. Nunca lamenté la falta de luz, sobre todo porque mi hermana y yo aprovechábamos el incidente para imaginar que estábamos en un restaurante lujoso como los que salían en las películas. Los incidentes eran tan habituales que desde niña sé que cuando se apaga la bombilla de repente pueden suceder dos cosas: una, que un rayo haya bajado el automático, nada grave porque se vuelve a subir, y otra, que haya una avería gorda en el transformador (en este caso el automático no tiene por qué bajarse) y la cosa vaya para largo. Entonces lo único que se puede hacer es esperar a que la luz se haga de nuevo. Casi como un milagro.
He de decir, sin embargo, que las averías son cada vez menos frecuentes y que se subsanan mucho más rápido. Hasta el alumbrado público funciona rabiosamente bien. Una se acostumbra a la luz y de pronto la oscuridad le parece asunto de miserables. Si no hay foco, no hay ciudadano. La noche en la que descubrí el farol frente a la puerta de mi casa fue toda una revelación. Mi padre, entusiasmado con la luz - para más inri, es electricista - ya no se sentía discriminado por el Ayuntamiento y en aquellas elecciones fue a votar. Por la tarde, cuando empezaba a anochecer, se quedaba mirando el foco para ver el instante justo en el que se iluminaba, como un niño con zapatos nuevos. Al verlo así, recordé algún viaje de noche desde Mondoñedo: la luz me servía para saber a qué altura del camino estábamos: si era cálida, amarilla, en San Pedro; si era blanca, ya en Ferreira. El resto del trayecto era una incógnita.
Qué quieren que les diga. No tengo nada en contra de la luz, todo lo contrario: sin ella no podría escribir, ni leer, ni cocinar, ni barrer bien el suelo (aunque a oscuras también se pueden hacer cosas interesantes). Al alcalde iluminador no le interesa nada que no sea iluminar, porque no tiene dinero para más o porque no sabe hacer otra cosa. Es un pequeño dios, reparte faroles a su antojo y en mi pueblo quien tiene la luz tiene el poder.
P.D. Les dejo un enlace nostálgico. Es del blog de Miguel Vila, nacido también en este pueblo oscuro de puertas para fuera. Él tiene más edad y por lo tanto más recuerdos.
http://www.colineta.com/2009/10/31/calexon/
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