lunes 13 de diciembre de 2010

Elogio de la tristeza

Fiesta en Lagoa (Alfoz), en los años 60. Carreiras es el hombre de la derecha.

Muchachas que algún día leáis emocionadas
estos versos
y soñéis con un poeta:
sabed que yo los hice para una como vosotras
y que fue en vano
(ERNESTO CARDENAL)


A veces me pregunto por qué escribo. Es una duda legítima, aunque estúpida. Supongo que lo hago porque hay cosas que no me gustan y porque, además de descontento, siento las manos atadas. Si pudiera solucionar cualquier entuerto en el momento exacto en que lo descubro (o si pudiera solucionarlo, sin más) seguramente nunca habría empezado a escribir; actuaría, que es para lo que me han educado mis padres. La afición, por descontado, es otra cosa. La creación es el placer más maravilloso que conozco y también el más valioso para el ser humano, porque lo transciende. La frase tópica del plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro -la dijo José Martí, que con 17 años escribió una crónica sobre una nevada en Nueva York que aún me emociona- es en realidad muy sabia. Pudo haber sido aprender inglés, viajar al Caribe o comprar un coche de gama alta, pero no, el sentido de la vida parece residir más en la creación que en el disfrute de lo ya creado.

El impulso primero siempre viene de la queja. No conozco a nadie que haya empezado a escribir para decirle al mundo lo feliz que es, lo bien que le sientan los pantalones nuevos o lo mucho que se ha emborrachado la noche anterior. A cualquiera le puede gustar hacer todo eso, pero no creo que nadie sensato e intelectualmente maduro pueda contarlo sin sonrojarse.

Cuando aprendí a escribir, mi padre me regaló una libreta y empezó a exigirme resúmenes diarios de lo que hacía en casa mientras él estaba trabajando. Tardé muy poco en esperarlo ansiosa del otro lado de la puerta del coche para leerle mis pequeñas tragedias: la vaca Ratina degollada con el vientre abierto y los ojos muertos en el alpendre, el miedo de mamá cuando a Cuca, la burra que vivió hasta los 25, se le quedaron atrapadas en el barro las piernas traseras, los ruidos de madrugada que acababan siendo terremotos o el hastío del verano, siempre demasiado largo. Lo que mi padre no se imaginaba - le importaba mucho más que escribiese sin faltas de ortogafría y con buena sintaxis, justo lo que él nunca logró- era que tuviese tanto que contarle al final del día. Había demasiadas cosas a mi alrededor que no me gustaban. La mayoría siguen ahí y no han conseguido agradarme. Al pensar en ellas siento la misma rabia de entonces. De niña me hicieron llorar. Ahora, si tuviesen cara, les escupiría. Por eso escribo, para hacer algo menos destructivo con las manos.

Vengo de un lugar que se está muriendo. La mayoría de la gente que conozco ni siquiera sabe que existe, así que no les importa que desaparezca. Aparentemente, el daño no será grande: pocas casas, ningún negocio. Reina la superstición y la apatía. No hay cines, ni tabernas, ni supermercado, ni asociación de vecinos y el amor es un recuerdo del que hablan otros. A los que se vayan, como yo, no les será difícil vivir mejor que sus padres y sus abuelos. No tendrán que dar muchas explicaciones sobre el pasado, que se ha convertido en un tema de pésimo gusto, porque a nadie le interesará enterarse de que ha desaparecido lo que no sabía que existía. Será muy fácil hacer borrón y cuenta nueva, como dirían los felices, que se pasan la vida haciendo y deshaciendo como si tal cosa, que es lo que hizo Penélope (y mi madre) cuando Ulises se fue a la guerra. Nada de eso me sirve.

Antes de morir, Carreiras, vecino longevo, labrador toda la vida y amante de los caminos y de los ríos con truchas, perdió la memoria. Fue una mala jugada que le sucediese precisamente a él, el único de los viejos que sabía de los marcos de las fincas, de la morada de los encantos (espírutos a veces de los ríos, a veces de las profundidades de la tierra) y del pasado de todos. No es que Carreiras fuese más listo que los demás (probablemente lo sería si hubiese podido ir a la escuela y alguien le hubiera enseñado a escribir), simplemente había tenido la suerte de ver el mundo con ojos tristes. Como en los últimos tiempos, antes de olvidarlo todo, ya había perdido el oído y apenas escuchaba, se limitaba a contar. Tres escritores nacidos en este lugar que ahora se muere, Isaac Ferreira, Manuel Lourenzo y Xesús Pisón, acudieron a él cuando se terminaban los buenos tiempos. A él y a otros, pero sobre todo a él. Carreiras sabía que entre nosotros había una vedoira, una mujer que por ser bautizada con los óleos de un difunto podía anunciar el próximo muerto de la parroquia si barría de noche delante de un espejo. Y ni corto ni perezoso, lo contó. Ya todo el mundo lo sabía, pero él tenía detalles, lugares, nombres. Dolores de Esqueira llevaba años muerta y a nadie le estrañaba su olfato. Seguramente fue una mujer triste y tal vez le tocó anunciar el fin del padre, del marido, del amante, incluso del hijo. Tal vez estaba un poco loca también, pero qué importa eso si Dolores acertaba. Carreiras la describía con una frialdad pasmosa, como si el talento de adivinar la muerte no fuese terrible. El hombre acostumbrado a los aprietos tiene la capacidad, cercana al cinismo, de mantenerse impasible ante las desgracias propias y ajenas. Mi abuela, sin ir más lejos, porfía en que con diecisiete años, yendo a visitar a una enferma al barrio vecino, vió en una curva del camino el ataud en el que sería enterrada la buena mujer cuando unos días más tarde pasó a mejor vida y mi madre, más joven pero igual de supersticiosa, insiste en que antes de la muerte de sus padres sintió, segando hierba en medio de un prado, un fuerte olor a incienso que le avisó del entierro.
Los escritores pasaron por todas los barrios, aunque se detuvieron más en el de Carreiras.Querían recoger las leyendas del pueblo para hacer un libro que las guardase del paso del tiempo y del abandono de la superstición. En mi casa cenaron una noche, mientras mi padre hablaba de mouros, capillas y cegueras súbitas. Mi padre es un hombre triste y un buen contador de historias. Las recuerda -algunas de memoria, con las palabras del abuelo-, las inventa y las retoca. Nunca me contó cuentos felices, eso sí. Por mi niñez deambulan los lobos, los hombres pobres que buscaban guarida en invierno, los forajidos y los fantasmas, la negación de la existencia. Papá, que nunca oyó hablar de Walt Disney, cerraba los ojos para contar esas vidas trágicas. Contar, porque no recuerdo que me leyese nunca. Para hojear un libro tuve que esperar a ir al colegio y aprender el abecedario. Que yo recuerde, solo me compró un libro de relatos, Cuentos para las noches de invierno; el resto era herencia de los primos mayores (y felices) de la ciudad. El mundo que pierdo es oral: escrito en mi pueblo solo hay los certificados de nacimiento, de matrimonio y de defunción. Mi madre dejó de leer a los 13 años, mi padre, poco después. No pusieron mucho empeño en buscar historias más modernas para mí y por eso, aunque conozco los títulos, nunca he visto el Rey León. En el colegio nos pusieron una vez La Bella y la Bestia en el comedor: yo estaba demasiado lejos del televisor y era incapaz de escuchar los diálogos. Tuve que escoger entre el cine mudo y las lentejas y escogí lo último.
Escribo porque a alguien tengo que contarle que es más triste olvidar que recordar lo que no se quiere. Nunca sabré hacer borrón y cuenta nueva porque me falta cinismo, hipocresía y voluntad. Por eso también escribo. Existen más principios con los que justificar tal enfermedad, pero estos son los míos y, al contrario de Groucho Marx, yo no tengo otros.

3 llamadas:

reii dijo...

Son cojonudos los elogios!
El tuyo también. Es verdad, uno escribe desde la insatisfacción.

Suerte ;)

Diana dijo...

No podemos más que compadecer a los satisfechos.
Un beso (también para Luciana)

pepeblanco dijo...

Canta razon tes!
Pero é moito mais triste esquencer, non ter memoria, non saber onde nacen as túas raiceiras...
Cada quen ten o pasado que lle toca,cos recordos pódese soñar...