Jugamos al fútbol frente a la cantina de las fiestas. Era septiembre y algunas cosas volvían a empezar (una llovizna fría nos empapó la noche y a la marquesina agonizaba, silenciosa, al lado del ciprés); todo lo demás seguía igual, pero no nos dimos cuenta porque lo acabábamos de descubrir y era nuevo para nosotros. Era delicioso estar allí y ser de aquella tarde sin horas. A lo mejor nos miraba desde el pasto la vaca de todos los domingos – ella tampoco tenía prisa, porque la vida de estos rumiantes transcurre tranquila entre la leche y los partos – y tal vez cruzaron el cielo varios aviones sin procedencia ni destino, porque se nos olvidó inventárselos (seguíamos con el dedo su rastro de humo y pensábamos que algún día también nosotros escaparíamos).
Jugamos al fútbol frente al cementerio, muy cerca de la calavera ultrajada y el bisabuelo ignoto. Nunca tuvimos miedo de los muertos; es más, siempre los nombrábamos como si estuviesen vivos y pudieran vernos a través de sus lápidas. Por eso el cementerio no era lugar para fiestas: una quinceañera de entonces fue cruelmente humillada por ir a bailar, aquella misma noche, a menos de cien metros de la tumba reciente de la abuela. La blusa verde, que transparentaba el ombligo, no tuvo la culpa de nada, pero sirvió de pretexto (a la muerte no se la teme, pero se la respeta porque es triste, y la tristeza es ridícula si en lugar de desnudarla se enmascara con sombra de ojos).
Jugamos al fútbol al lado de una pareja de novios a la que no le importaba nada el juego. Ella bailaba muy bien y vestía pantalones de pana, a pesar del calor. Él era moreno y servía copas – con el paso de la tarde se fue acercando gente y la barra se llenó de vasos -. A veces la abrazaba y bailaban con la música que llegaba de la cantina. Eran jóvenes, pero no lo suficiente como para contentarse con miradas tiernas y palabras ya usadas por otros. En algún momento abandonaron el juego y se metieron en el coche de él, aparcado a la entrada del campo de la fiesta, de espaldas a la vaca muda que rumiaba somnolienta el almuerzo.
Jugamos al fútbol sin habernos citado a una hora concreta ni en un lugar preciso. Simplemente aparecimos allí todos los que éramos y alguien trajo una pelota. Los equipos no eran de once y no había portero. No hubo zancadillas y teníamos todo el tiempo del mundo para ganar o perder (jugamos hasta que anocheció, y ocurrió tarde, porque era septiembre). Subimos los de abajo y bajaron los de arriba, con sus pantalones cortos y sus brazos morenos – érase una vez un tiempo en el que los niños jugaban fuera y no tenían miedo de las picaduras de mosquito ni de los eucaliptos negros que bordeaban el camino cuando se echaba encima la noche. Sobre nuestras cabezas se encapotó el cielo y el cabello encrespado debió servirnos de advertencia: aquella noche llovería.
Jugamos al fútbol y, para que no sirviese de precedente, ni siquiera nos despedimos cuando empezamos a sentir hambre: cada uno pensó en su propia cena. La mía no la recuerdo, pero sin duda cené: eran los tiempos en los que mi madre me prohibía pasar más allá de la puerta con el estómago vacío. Sí recuerdo como se fue acabando el día, y cómo algunos vecinos agotaron los últimos petardos de la fiesta justo en el crepúsculo. A eso de las nueve empezó a lloviznar: era una lluvia fina, de esas que duran días y me dan sueño, y también jaquecas. No quise darle importancia porque por primera vez en mucho tiempo en el barrio sin luz pasaba algo fuera de lo normal. Unos días antes habían montado un palco de música en el atrio, porque a alguien se le ocurrió que, veinte años después, era bueno que volviésemos a celebrar nuestras fiestas patronales del Santo Cristo (así llamamos por estos lares al horrible santo de madera que nos daba cierta fama en el pasado; el crucificado sanaba, según dicen, enfermedades incurables de los que tenían fe, pero el nuestro debe de ser un pueblo de descreídos porque ningún vecino le reza, son otros los que vienen a traerle flores de vez en cuando, para que no sienta olvidado, aunque lo esté).
En aquel campo en el que jugamos al fúbtol no ha pasado nada en los últimos diez años. La marquesina de los niños terminó viniéndose abajo. Antes se la comió la maleza, así, a la vista de todos, la tierra se le echó encima como un animal salvaje, la devoró, la deshizo, primero el techo, que tantas mañanas protegió de la lluvia a los chicos de los barrios altos, luego, quien sabe cómo paso y en qué corto espacio de tiempo, se derrumbó el resto, las enredaderas rompieron los cristales, tomaron las esquinas, se apropiaron de todo. Cuando subo al campo de la fiesta (no sé por qué le llamo así, nunca volvió a serlo) siento escalofríos al ver la marquesina y pienso que si los niños de entonces tienen memoria sentirán lo mismo y aún más, porque aquel nunca fue mi refugio, sino el suyo.
El campo la fiesta es hoy un lugar sin esperanzas. Nadie lo nombra, ni lo usa, ni se pelea por él. Ha dejado de existir. Sigue teniendo a la entrada un ciprés – intacto desde aquella tarde de fútbol – y casi siempre hay una vaca que pasta justo al otro lado de la curva, silenciosa, un poco triste, como aquella otra a la que no hicimos ni caso por la euforia del juego.
La pareja de novios no lo fue mucho tiempo más. Lo suyo no era a prueba de bomba (nada en este mundo lo es, que yo sepa). Ella tuvo un hijo con otro poco tiempo después y a él ni siquiera lo reconocería si me lo encuentro por la calle. Pero yo quisiera rendirles un pequeño homenaje, porque no creo que nadie haya vuelto a hacer el amor en el campo de la fiesta desde entonces. Desde aquella tarde de septiembre y su noche, que vino un poco fría pero feliz – bailamos hasta la madrugada, sin paraguas pese a la lluvia – nadie que pase por allí se detiene. Sin cantina, sin fútbol y sin refugio uno se da cuenta de que en verdad aquel sitio era más de muertos que de vivos. No es miedo, es tristeza. Están demasiado cerca y ni el ciprés ni la vaca podrían hacer regresar a los niños ni a los amantes. Los que fuimos, los que fueron, se acabaron con el partido, que ni siquiera tuvo ganador porque en algún momento de la tarde dejamos de contar los goles.
Jugamos al fútbol frente al cementerio, muy cerca de la calavera ultrajada y el bisabuelo ignoto. Nunca tuvimos miedo de los muertos; es más, siempre los nombrábamos como si estuviesen vivos y pudieran vernos a través de sus lápidas. Por eso el cementerio no era lugar para fiestas: una quinceañera de entonces fue cruelmente humillada por ir a bailar, aquella misma noche, a menos de cien metros de la tumba reciente de la abuela. La blusa verde, que transparentaba el ombligo, no tuvo la culpa de nada, pero sirvió de pretexto (a la muerte no se la teme, pero se la respeta porque es triste, y la tristeza es ridícula si en lugar de desnudarla se enmascara con sombra de ojos).
Jugamos al fútbol al lado de una pareja de novios a la que no le importaba nada el juego. Ella bailaba muy bien y vestía pantalones de pana, a pesar del calor. Él era moreno y servía copas – con el paso de la tarde se fue acercando gente y la barra se llenó de vasos -. A veces la abrazaba y bailaban con la música que llegaba de la cantina. Eran jóvenes, pero no lo suficiente como para contentarse con miradas tiernas y palabras ya usadas por otros. En algún momento abandonaron el juego y se metieron en el coche de él, aparcado a la entrada del campo de la fiesta, de espaldas a la vaca muda que rumiaba somnolienta el almuerzo.
Jugamos al fútbol sin habernos citado a una hora concreta ni en un lugar preciso. Simplemente aparecimos allí todos los que éramos y alguien trajo una pelota. Los equipos no eran de once y no había portero. No hubo zancadillas y teníamos todo el tiempo del mundo para ganar o perder (jugamos hasta que anocheció, y ocurrió tarde, porque era septiembre). Subimos los de abajo y bajaron los de arriba, con sus pantalones cortos y sus brazos morenos – érase una vez un tiempo en el que los niños jugaban fuera y no tenían miedo de las picaduras de mosquito ni de los eucaliptos negros que bordeaban el camino cuando se echaba encima la noche. Sobre nuestras cabezas se encapotó el cielo y el cabello encrespado debió servirnos de advertencia: aquella noche llovería.
Jugamos al fútbol y, para que no sirviese de precedente, ni siquiera nos despedimos cuando empezamos a sentir hambre: cada uno pensó en su propia cena. La mía no la recuerdo, pero sin duda cené: eran los tiempos en los que mi madre me prohibía pasar más allá de la puerta con el estómago vacío. Sí recuerdo como se fue acabando el día, y cómo algunos vecinos agotaron los últimos petardos de la fiesta justo en el crepúsculo. A eso de las nueve empezó a lloviznar: era una lluvia fina, de esas que duran días y me dan sueño, y también jaquecas. No quise darle importancia porque por primera vez en mucho tiempo en el barrio sin luz pasaba algo fuera de lo normal. Unos días antes habían montado un palco de música en el atrio, porque a alguien se le ocurrió que, veinte años después, era bueno que volviésemos a celebrar nuestras fiestas patronales del Santo Cristo (así llamamos por estos lares al horrible santo de madera que nos daba cierta fama en el pasado; el crucificado sanaba, según dicen, enfermedades incurables de los que tenían fe, pero el nuestro debe de ser un pueblo de descreídos porque ningún vecino le reza, son otros los que vienen a traerle flores de vez en cuando, para que no sienta olvidado, aunque lo esté).
En aquel campo en el que jugamos al fúbtol no ha pasado nada en los últimos diez años. La marquesina de los niños terminó viniéndose abajo. Antes se la comió la maleza, así, a la vista de todos, la tierra se le echó encima como un animal salvaje, la devoró, la deshizo, primero el techo, que tantas mañanas protegió de la lluvia a los chicos de los barrios altos, luego, quien sabe cómo paso y en qué corto espacio de tiempo, se derrumbó el resto, las enredaderas rompieron los cristales, tomaron las esquinas, se apropiaron de todo. Cuando subo al campo de la fiesta (no sé por qué le llamo así, nunca volvió a serlo) siento escalofríos al ver la marquesina y pienso que si los niños de entonces tienen memoria sentirán lo mismo y aún más, porque aquel nunca fue mi refugio, sino el suyo.
El campo la fiesta es hoy un lugar sin esperanzas. Nadie lo nombra, ni lo usa, ni se pelea por él. Ha dejado de existir. Sigue teniendo a la entrada un ciprés – intacto desde aquella tarde de fútbol – y casi siempre hay una vaca que pasta justo al otro lado de la curva, silenciosa, un poco triste, como aquella otra a la que no hicimos ni caso por la euforia del juego.
La pareja de novios no lo fue mucho tiempo más. Lo suyo no era a prueba de bomba (nada en este mundo lo es, que yo sepa). Ella tuvo un hijo con otro poco tiempo después y a él ni siquiera lo reconocería si me lo encuentro por la calle. Pero yo quisiera rendirles un pequeño homenaje, porque no creo que nadie haya vuelto a hacer el amor en el campo de la fiesta desde entonces. Desde aquella tarde de septiembre y su noche, que vino un poco fría pero feliz – bailamos hasta la madrugada, sin paraguas pese a la lluvia – nadie que pase por allí se detiene. Sin cantina, sin fútbol y sin refugio uno se da cuenta de que en verdad aquel sitio era más de muertos que de vivos. No es miedo, es tristeza. Están demasiado cerca y ni el ciprés ni la vaca podrían hacer regresar a los niños ni a los amantes. Los que fuimos, los que fueron, se acabaron con el partido, que ni siquiera tuvo ganador porque en algún momento de la tarde dejamos de contar los goles.

