sábado 14 de enero de 2012

En el barrio sin luz vivió un hombre -no hace tanto de eso, yo misma lo recuerdo- que presumía de ser el más feo de la parroquia. "No soy ni el más listo, ni el más rico, ni el más alto. Soy el más feo", decía mientras mi padre se moría de la risa en el cruce, hoy asfaltado, que separa Sixto de A Muxueira, el lugar del que procede la parte de la familia de la que menos genes he heredado y donde quedan como único recuerdo las cuatro paredes ruinosas de la casa vieja. A este hombre, Ramón para los documentos y para la lápida de su tumba, todo el mundo lo llamaba Pauliño, el nombre compartido con los suyos. Yo le profesaba un respeto tímido, abrumado, desde el día en que por accidente entré en una de las habitaciones de su casa y descubrí un maravilloso taller de artesano, repleto de figuritas de madera y herramientas de labranza de las que ya no se hacen. Creo que lo conocí jubilado, pero Pauliño, que fue como todos agricultor y además tenía un oficio, el de carpintero, no abandonó ni de viejo la madera. Siguió recibiendo encargos, arreglando azadas, barnizando con sumo cuidado cochecitos de miniatura, o hórreos de adorno, hasta que de un día para otro se encontró enfermo. Murió a las pocas semanas, después de sufrir mucho.
Yo iba de vez en cuando a la casa de Pauliño porque él era, con mi padre, el encargado de vigilar el depósito de agua que compartía media parroquia. Se turnaban para guardar las llaves y cuando había alguna avería subían al monte para arreglarla. Ni mi casa, ni la de Pauliño, ni la de muchos otros por allá está conectada a la traída pública, así que bebemos directamente del monte. No se asusten, es la mejor agua del mundo, sin cloro ni contaminación, verdaderamente incolora, inodora e insípida. A veces, cuando paso largas temporadas sin ir casa, hasta se me olvida lo buena y fresca que es, porque en Compostela tenemos la suerte de beber del grifo, pero regreso y la diferencia sigue siendo abismal, la misma que entre la leche de cartón y la de nuestras vacas, o que entre los huevos del supermercado y los del gallinero.
Todos los años, celebrábamos una reunión en la caseta de mi vecino Pablo, un hombre con pata de palo que había perdido la suya en la Guerra, para hacer balance de los gastos. En un lugar como el barrio sin luz, castigado por huidas constantes, que los vecinos nos juntarámos por lo menos para hablar de dinero me parecía sobrenatural. Yo acompañaba siempre a mi padre a aquellas reuniones en las que solo había hombres y facturas, y me sentía parte de algo. La tragedia de los lugares deshabitados es precisamente la fractura de la vida en común. En el barrio sin luz ya está ocurriendo.
Que fuese el encargado del pozo le confería a Pauliño un atractivo muy peculiar ante mis ojos de niña. Nadie cuidó el depósito con una diligencia parecida a la suya; tanta era la entrega por aquel pequeño cajón de cemento donde almacenamos el agua que en su entierro alguien se preguntó qué pasaría con el pozo y a quién se le daría llave. Como era de esperar cuando a supervivencia se refiere, enseguida nos organizamos, pero la identidad del encargado del depósito fue a partir de entonces difusa y cambiante.
El artesano Pauliño, el guardián del pozo, no era guapo, en verdad. Yo lo veía simplemente viejo, así que su belleza no me importaba mucho. De joven, pasó un miedo atroz durante una noche de larga caminata hasta Mondoñedo, en busca de un abogado que defediense a su cuñada en un asunto seguramente indefendible. Andó rápido, callado, y de vez en cuando miró hacia los lados por si alguien lo seguía. El asunto llenó páginas en los periódicos de sucesos de la época, los que tanto le gustaban a mi bisabuela materna, a la que enseñaron a leer pero no a escribir para que no se cartease con hombres, aunque nada pudo evitar que fuese madre soltera. La cuñada de Pauliño, vecina de mi padre, estaba detenida por matar a la mujer embarazada de su amante, ahogándola con trapos. En la parroquia se sospechó siempre de la complicidad de él, que se burlaba cuando su esposa se le quejaba de que la ex novia, con la que se seguía viendo, le salía al encuentro para amenazarla. A Pauliño, que por entonces era aun jovencito miedoso, horrorizado con el crimen, lo obligaron a salir de noche hacia Mondoñedo en busca de un abogado. Nunca pensó llegar vivo, con la familia de la muerta clamando venganza a pocos kilómetros de su casa. Pero regresó, y aunque la asesina fue a la cárcel, a Pauliño, que a diferencia del resto de los vecinos no era propietario de su casa y vivía de alquiler, le quedaría siempre un hondo pesar por su familia marcada. Asumió el crimen, que la gente de su mujer nunca aceptó del todo, con la valentía de los hombres buenos.



viernes 18 de noviembre de 2011

VI

Xulieta é unha muller escura, de pel e ollos moi claros. Cando fala é coma outra calquera; le os mesmos xornais, escoita a mesma música e pola noite vai aos mesmos bares que as demais. Podo atopala aló no Loureiro, apoiada na esquina do futbolín, ou en calquera cafetería da vila, porque lle gusta o café ben cargado e o voz baixiña dos camareiros polas mañás. Iso di Xulieta. Seméllase tanto a Ana, a Lucía, a Paula ou a Lina que podería confundila con elas ou con outra calquera mesmo sen beber moito, só pola escuridade. Leva o mesmo perfume, a mesa chaqueta da mesma multinacional textil, os mesmos zapatos co lazo brillante por riba do dedo gordo do pé. É sinxela coma todas elas, unha boa rapaza. Coñecémonos dende que botamos a andar. Non podería non querela.

No instituto, Xulieta aborrecía os fanfarróns que coma min ían detrás dela ao cuarto de baño só para dicirlle algunha parvada sobre o seu cú. Aínda que logo se a invitabas a un cigarro no patio ou a achegabas na moto á parada do autobús xa non eras máis un miñaxoia que repetía as frases das películas; eras un colega, un dos seus. Mesmo era divertida Xulieta: andaba sempre con présas porque na casa lle controlaban a hora de entrada como na mili, e se por calquera cousa chegaba tarde xa había que dar explicacións e escoitar aquilo de que mentres eu pague isto é unha ditadura e aquí mando eu. Ás veces falábame con amargura desa maneira irracional de educala, ela, que era inofensiva e xamais pedía treguas, que asumía -arrepentíase tanto de ter baixado a cabeza- a falta de liberdade só coma unha traxedia temporal. Xa verás cando marche, virarei a cabeza só para cuspirlles. Tiña 15 anos e dicía cousas que nin ela cría, coma as demais cando pelexaban co mozo -cando pelexaban comigo, por exemplo, porque invitaba a unha copiña a non sei que outra, aquela imbécil á que lle prestaba Mariah Carey. Si, nos recordos Xulieta é idéntica a todas, fala coma todas, bica coma todas. Ten medo aos homes só cando durme na casa da nai.

Xulieta é unha muller escura, de pel e ollos moi claros.

martes 1 de noviembre de 2011

Marilyn

Mi gran miedo de hipocondríaca incorregible es morirme sola, de repente, en medio de la noche. No por la soledad del momento -la muerte es siempre un trámite íntimo, aunque la acompañe un médico o toda una orquesta sinfónica- sino por el embrollo burocrático que provocaría a mis seres queridos, que jamás se imaginarían que yo, una chica joven y sana, pudiese morirme sin dar explicaciones a las cuatro de la mañana, por ejemplo. Tendrían que echar la puerta abajo porque no tienen llaves -justo el otro día los dueños cambiaron la cerradura del portal- y todo el edificio se enteraría de que he cometido la estupidez de morirme en plena juventud y sin tiempo de avisar a nadie. Pero lo peor, pasados ya los trámites, serían los comentarios de mis vecinos en el entierro, un repaso condescendiente y malicioso sobre mi vida familiar y mi fin desgraciado -¡morirse sola, tan joven, pobrecita!, dirían. Hasta el novio del colegio, que no tiene culpa de nada, saldría a relucir en esa conversación lamentable detrás de mi féretro, sin poder yo replicar la versión, seguro sesgada, de los viejos telenoveleros que se recrean con mi infortunio.


Y además, pienso ahora, se me pudrirían en la bandeja los macarrones con salmón listos para gratinar al día siguiente; qué candor el mío, que los preparé segura de que viviría para comérmelos. No puedo soportar ese detalle que tanto haría sufrir a mi madre.


Hoy es el día de Todos los Santos, y aunque los niños ahora lo celebran disfrazándose de zombies, cuando yo era como ellos me pasaba la mañana preparando ramos para llevar al cementerio. El olor de las flores de Difuntos, casi siempre húmedas por la lluvia, es imborrable; hasta parece que la muerte es menos triste gracias a ese recuerdo de flores recién cortadas: en mi casa crecen justo al lado de las lechugas, y es una tragedia si por alguna enfermedad o por falta de lluvia la planta se muere antes de noviembre. Las compradas, bien envueltas en plástico transparente, no huelen así. Creo que le gustan mucho a la tatarabuela, a la que aún le llevamos flores el día de Todos los Santos. Había muerto ya cuando mi abuela nació, pero no podemos despreciarla porque fue ella la que construyó la casa en la que vivimos. Le debemos una a la señora, que tuvo la desgracia de morirse joven y de forma repentina. Tal vez sintió mi mismo miedo, sola ante el terror de saber que iba a desaparecer sin poder explicarse. Es terrible quedarse con la palabra en la boca, sin derecho a réplica. Así no se puede ni descansar en paz.




P.D. Hoy les dejo una necrológica maravillosa: un poema que Ernesto Cardenal, el anciano sandinista, dedicó a la muerte de Marilyn Monroe. Ya que te mueres dejando un reguero de incógnitas, que por lo menos un buen cantor del amor y de la guerra te escriba algo tan hermoso.



ORACIÓN POR MARILYN MONROE

Señor
recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe,
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.
Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia (según cuenta el Times)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también algo más que eso...

Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz).
Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox.
El templo —de mármol y oro— es el templo de su cuerpo
en el que está el hijo de Hombre con un látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.
Señor
en este mundo contaminado de pecados y de radiactividad,
Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda
que como toda empleadita de tienda soñó con ser estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos,
el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo.
Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.
Para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el Psicoanálisis.
Recuerda Señor su creciente pavor a la cámara
y el odio al maquillaje insistiendo en maquillarse en cada escena
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.

Como toda empleadita de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva.

Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
¡y se apagan los reflectores!
Y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
mientras el Director se aleja con su libreta
porque la escena ya fue tomada.
O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
vistos en la salita del apartamento miserable.
La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue
como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan solo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER
O como alguien que herido por los gangsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.

Señor:
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles)
¡contesta Tú al teléfono!

domingo 2 de octubre de 2011

As Sasdónigas

Dice el conductor del autobús Vilalba-Viveiro que las chicas de ahora ya no beben agua, porque esta que se baja en la parada de As Sasdónigas - una parroquia de cien habitantes del Ayuntamiento de Mondoñedo- no conoce la fuente, parece que famosa en estos lugares, en la que después de beber ya no se vuelve a tener sed. Yo, que lo escucho sin disimulo desde el cuarto asiento de la fila de la derecha, vuelvo la cabeza hacia la ventanilla y miro cómo la chica abandona el autobús con una pequeña mochila en la espalda y baja por el camino de tierra que une su casa con la carretera general. Tal vez sea una estudiante, aunque pocos universitarios viajan en esta ruta de los sábados por la mañana, lenta y tediosa como debe de ser también la vida en As Sasdónigas, una aldea de viviendas amontonadas con tejados de pizarra y establos en la planta baja. Por una puerta salen los hombres, por la otra, las vacas.
Pues sí, las chicas de ahora ya no beben agua, beben solo porquerías, le explica el chófer a un pasajero que se ha subido en Gontán y que a la fuerza tiene que ser un usuario asiduo de este autobús, al menos en días de mercado como hoy, porque el conductor acaba de prometerle que lo buscará en As San Lucas para tomarse unos cafés. El señor va con boina y, aunque parezca caricaturesco, lleva un palillo en la boca. Hoy no ha ocurrido, pero los feirantes se suben al autobús con sus varas y su aliento de vino y una, que además es un poco voyeur, no puede hacer otra cosa que quitarse los cascos para escucharles. Hace años que lo hago, es una reacción casi mecánica la de apagar la radio cuando el coche atraviesa el mercado de Gontán y se suben los viejos que han venido a vender ganado o solo a verlo, y alguna señora muy digna y muy educada - las señoras son siempre muy educadas. Lo de ir a Gontán para ver el ganado sin la más remota intención de comprarlo es algo que cada vez se hace más, un placer irrenunciable para los ancianos que de jóvenes fueron parte de este mundo y ahora, fuera de él, son incapaces de olvidar el jugueteo de los tratantes. Este que nos acompaña hoy da pocos detalles de su día en la feria: de negocios y de mujeres un caballero nunca debe hablar, pienso yo por él, maravillada con el repertorio de frases hechas y vaciles incomprensibles de los que echa mano para que nadie sepa qué tal le ha ido.
Las chicas de ahora no beben agua, al menos las pocas que quedan en As Sasdónigas, que la toman una vez y ya no la necesitan más. Disculpen que cite a los feirantes, pero hace tiempo uno de ellos, en esta misma ruta que tanto me gusta, proclamó que las mujeres de As Sasdónigas son las más guapas de la zona, mucho más que las de Mondoñedo, porque ni la fama, ni los buenos restaurantes, ni tampoco las modistas que trabajan por encargo explican la belleza de estas jóvenes crecidas en lo alto de la montaña, con el carácter rabioso que imprimen el destierro y las nevadas.

jueves 15 de septiembre de 2011

Mi relación con el psicoanalista -un intercambio fantasioso, casi siempre inútil y sin duda contractual de pareceres atormentados- se ha ido al traste. Ayer me recibió más tarde de lo normal, después de echar a gritos de la consulta a una viejecita enjuta, con pinta de viuda de muchos años. La escena me resultó tan violenta que estuve a punto de darme la vuelta y marcharme, sobre todo cuando al cruzarnos en la puerta la señora me miró con sus ojos enormes y humillados.

Ya me lo decía mi hijo. Esto es para gente joven, me advirtió al pasar.

El consultorio de mi psicoanalista podría parecerse a cualquier otra cosa de no ser por la decena de diplomas que adornan la salita en la que enreda y desenreda las mentes ajenas, y a veces hasta la propia. A mí me recuerda mucho al piso de una amiga de la Universidad, que vivió cinco años en un estudio sin muebles pero lleno de alfombras. Es más acogedor así, me decía cuando yo le recomendaba comprarse un armario. A veces leíamos tiradas sobre el suelo, la opción más cómoda porque en el colchón se adivinaban los hierros del somier.
- Pase, pase, no estábamos discutiendo. Tengo un tono de voz demasiado alto. ¡Pero qué le voy a contar a usted! La gente es tan complicada...
Mi psicoanalista, que cobra por reconocer en los otros los perversos mecanismos con los que el cerebro esconde el miedo y el deseo, se pone muy nervioso al mentir. Se lo noté en la primera consulta, cuando me contó que las cosas le iban bastante bien a pesar de que la nuestra es una ciudad pequeña, orgullosamente conservadora y siempre reticente ante los ejercicios liberadores. En realidad, este hombre es mitad iluso, mitad encantador de serpientes. Se engaña y engaña y va viviendo de eso.
El ritual es el mismo todas las semanas. Yo entro en el consultorio, dejo mi bolso y espero a que el psicoanalista se ponga de nuevo la bata blanca, se acerque y me estreche la mano con afecto fingido. Después me tumbo en el sillón y empiezo a hablar de lo primero que se me viene a la cabeza. Él me interrumpe cuando percibe entre mis reflexiones alguna señal de alarma. Sucede de forma invariable a los cuatro minutos y medio; el psicoanalista se adueña de la conservación y ya no hay manera de salvarse. Ayer me cortó justo cuando trataba de contarle que soy la menor de tres hermanos y la nieta preferida de la abuela. No sabíamos aún -¡pobrecitos nosotros!- que nuestro vínculo semanal estaba a punto de irse al garete.

- ¿Tiene padre?- empezó. Sentí la tentación de aclararle que padre lo tenemos todos para fortuna o desgracia de nuestra madre, pero me contuve porque al psicoanalista no le gusta nada que me haga la graciosa.

- ¿Y qué cree que espera su padre de usted? - preguntó cuando yo asentí sin demasiado entusiasmo. Sabía que después de eso no tardaría en llegar el diálogo enrevesado.

- Que sea guapa, elegante, bien educada. Y que lo respete y no lo contradiga en nada. Ah, y que sea muy decente y lo vea siempre como una autoridad. Esa es la hija perfecta para él.

El psicoanalista se ríe mientras anota en su cuardeno que tengo un padre autoritario que fiscaliza todos mis movimientos.

- Por lo menos no me dice que lo que su padre quiere es que usted sea feliz. Estoy harto de ese lugar común. Aquí quien más quien menos tiene un padre así. Los que dicen eso son hijos de un inocentón, ¿no le parece?

No me esperaba semejante reflexión de mi psicoanalista, que en realidad es un hombre melifluo al que le gusta mucho la versión dedicada a Lady Di de Candle in the wind. Pienso ahora que tal vez debí preguntarle si le pasaba algo, si necesitaba hablar o salir a tomar el aire, esas cosas que se dicen los amigos o los amantes, más los primeros que los segundos, cuando las cosas pintan mal. Pero a él le fastidia mucho que interrumpa mis pensamientos para ocuparme de los suyos, así que decidí limitarme a contestar la pregunta que me había hecho.
- Sin duda alguna. A la larga, no hay nada peor que un padre inocente. El mío debe de pensar que soy una mujer terrible para amenazarme como lo hace.
- Y su madre, ¿qué dice?
- ¿Mi madre? Pues que no se lo tenga en cuenta, porque lo que mi padre quiere es que yo sea feliz.
Levantó la vista de su cuaderno y me miró fijamente. No estaba tan mal el psicoanalista.
- Dígale que venga
- ¿A quién?
- A su madre. Así podré entenderla mejor a usted.
- Oh, no, ni hablar. No puedo decir en casa que me gasto el dinero en esto.

Ahí se acabo todo. Mi tenue relación con el psicoanalista no soportó tanta franqueza. Aunque sin maldad, llevaba semanas mintiéndole, contándole historias fantasiosas para poner a prueba su capacidad de reacción, siempre sorprendente. Nunca creí que pudiera entender mi mente ni la de ninguna otra persona. Sé que es un charlatán y que probablemente los títulos que adornan su consultorio son falsos. Y, por supuesto, no tengo duda de que los diagnósticos de estos días -señorita, es usted una kamikaze; es evidente que su amor frustado por aquel profesor de Filosofía le ocasionó un trauma; teme usted a la muerte porque sobredimensiona la importancia de su vida- no fueron más que inventos apresurados para salir del paso y ganarse el sueldo. La pequeña ciudad en la que vivimos, esa reticente a los ejercicios liberadores, nos enferma y nos convierte en farsantes de medio pelo.
- ¡Salga usted de aquí ahora mismo! - me ordenó. Tenía la mirada vidriosa de los moribundos o de los personajes de dibujos animados cuando van a llorar.
- Oiga, ¡que le voy a pagar!
- Acabo de echar a una vieja por lo mismo. Que quería hablar con su marido muerto hace 45 años, me dijo. Si no creen en esto, ¿a qué vienen?

Me marché, indignada y sin contestarle, no porque mi amigo tuviera razón, sino porque ninguno de los dos la tenía. Hace tres meses que me gasto una parte de mi sueldo - un sueldo pequeño, de esos que no dan para mantener un alquiler y un coche al mismo tiempo- en hablar con mi ya expsicoanalista una hora a la semana, a veces dos. No sé por qué lo hago; tal vez lo descubra ahora que comienza el otoño. Ya no tendré mi cita de los jueves de ocho a nueve. A lo mejor salgo a pasear para ver cómo cierran las tiendas y empieza a caer la noche, con las calles en pleno colapso. Es el mejor momento del día si uno es peatón.


viernes 12 de agosto de 2011

Balzac

He hecho mal en decirle a mi psicoanalista que anoche soñé que me mataba un chino en la puerta de mi casa. Tampoco debería haberle dicho que cuando me desperté, aún conmocionada porque había estado a punto de ser acuchillada por la espalda, me quedé un rato pensando en lo terrible que tiene que ser el instante en el que uno se da cuenta de que va a ser asesinado. Pero mi error, mi gran error de paciente novata, fue contarle, entre risas, que después de recuperarme del susto y comprobar que estaba sola en casa, me quedé observando la luz que entraba por la rendija de la persiana y pensé: ¡Bien! ¡Hoy me he despertado temprano, así que aprovecharé mejor el día! Aunque luego me quedé dormida sin querer y tuve que apurar la ducha y el desayuno, mi psicoanalista ni se conmovió con mis pretensiones de mujer ordenada. Todo lo contrario. Me miró con gesto severo y me dijo muy serio: me preocupas, no puedes tomarte tu vida tan a la ligera. Dicho lo cual, me retuvo una hora más en su consultorio para arrancarme ese tipo de imbecilidades que él, ser complejo como todo psicoanalista, cree confesiones de persona atormentada. La sesión extra me la cobrará la próxima vez, porque le he dicho que si le pago mañana no tengo cereales para desayunar, y mi psicoanalista no quiere que pase hambre.

- ¿Pero usted como sabía que era un chino?
Observo a mi psicoanalista y me parece mentira que pueda dedicarse a esto (quiero decir, a hablar estupideces con gente que ni conoce). Es un hombre alto, como todos los hombres interesantes, y aunque sus preguntas son casi siempre lamentables, he terminado por cogerle un gran cariño.
-Al volver él la cabeza me di cuenta. Era chino, un chino de manual, un chino perfecto.
-¿Has estado en China alguna vez?
-No, pero me gustaría. Tal vez el año que viene.
- ¿Qué opinas de Hu Jintao?
Hay cosas que uno no debe decirle jamás a su psicoanalista. Yo sé perfectamente que a este buen hombre que me atiende puedo mentirle sin remilgos, porque no se dará cuenta y porque al fin y al cabo lo que yo necesito es olvidarme de la estupidez cotidiana; por eso estamos él y yo aquí, yo acostada sobre un sillón carísimo y él a mi lado, demasiado cerca diría yo, la suya es una distancia de dentista y no de psquiatra, aunque tampoco estoy muy segura de los códigos que rigen en la especialidad.
- Mire, es que yo no sé quién demonios es Hu Jintao.
Lo anota en su libreta: mi hoja clínica debe de ser un compendio de observaciones incomprensibles.


De niña le impresionaban las peceras en las tiendas.

No le gusta el macramé.

Tiene un primo que se llama Ludovico

En su último sueño la mataba un chino.


No es culpa mía que mi psicoanalista conozca tan íntimos y rocambolescos detalles, es él el que me lleva a esas confesiones con sus preguntas precisas, a veces tan difíciles de contestar.

- ¿Tienes miedo a la muerte?

- Hombre, un poco sí. Anoche, justo cuando iba a clavarme el cuchillo, el chino giró la cabeza y me desperté. En el fondo creo que es porque no quería morirme, pero cuando suceda de verdad pasaré mucho miedo.

- ¿Cuando suceda de verdad el qué? ¿Que la mate un chino?

Como ven, mi psicoanalista es un hombre realmente complicado. Ni siquiera puedo ayudarle a ver claro porque no me permite corregirlo ni introducir matices. Las cosas son o no son, piensa él.

- Me intranquiliza mucho que sueñe usted que un chino la asesina. ¿Cuál fue el último libro que le presté?

- Balzac y la joven costurera china.

- ¿Le gustó?

- Bueno, lo leí en el autobús. Es una bonita historia sobre la redención de la lectura.
Anota de nuevo en su libreta algo como "lee en el autobús". Se quita las gafas.

- Resúmamelo.

- No recuerdo el nombre de los protagonistas, eran dos chicos burgueses enviados por el régimen chino a un campo de reeducación, en los años de la Revolución Cultural. Allí se enamoran de una campesina analfabeta a la que enseñan a leer con las obras de Balzac que tienen escondidas en una maleta.

Sigue anotando, ahora a la velocidad del rayo. Es un psicoanalista zurdo, obsesivo con la reacción espontánea, con los miedos que afloran bajo el perfume y el maquillaje, dice. Yo no sé hacerme ni la raya de los ojos.

- ¿Por qué cree usted que transforma una historia de amor, al fin y al cabo una historia de redención, como usted misma reconoce, en un mal sueño?

- Disculpe, no entiendo lo que me dice.

- ¿Por qué el chino enamorado de la campesina iba a querer matarla a usted?

- Bueno, yo no creo que sea el mismo chino.

- ¿Qué chino iba a ser entonces? Cuénteme, ¿qué le parece el mensaje del libro?
- Ella acaba huyendo de la aldea porque Balzac despierta su curiosidad por el mundo. Es natural que a la chica le suceda eso, pero él no lo comprende. La prefería ignorante y miedosa. Es un poco triste, ¿no cree?

- Aquí las preguntas las hago yo. Veo que durante la lectura ha desarrollado un profunda aversión hacia el protagonista masculino de la obra de Dai Sijie.

Empieza a sacarme de mis casillas.

- No, para nada. Yo lo entiendo también a él. Es hijo de médicos, viene de la ciudad y se siente prisionero en esa montaña llena de bárbaros. La campesina es su creación.

- ¿Le daría miedo un hombre que le recuerda a cada instante todo lo que ha hecho por usted?

- Eh, claro, un poco.

Sonríe por primera vez en la tarde. Son las ocho en punto. Como es verano todavía no ha anochecido.

- ¡Son todas igualitas!

Se levanta, se quita la bata de psiquiatra y me estrecha la mano con afecto.

- ¿Ve como vamos mejorando?


Lo que mi psicoanalista no sabe, ni se imagina, es que todas las noches después del capítulo de rigor de Balzac y la joven costurera china en el autobús, leo a Henning Mankell.



domingo 29 de mayo de 2011

IV

[A ver quen merda lle deu licencia a este chalé]

A galería da casa de Lina daba xusto ao mar, á praia deserta. Unha sentíase moi pequeniña alí enriba dos penedos. Ou moi poderosa tamén. Xulieta, cunha cervexa na man e outras dúas no corpo, até pensaba que se ela nacese nun lugar así non querería marchar nunca.

[Mais aló, no fondo do val, non hai para onde escapar. Non te rías, Romeo, é como estar no fondo dun caldeiro]

Lina e a nai vivían soas; o pai, no barco. Ela non o botaba de menos, era un estraño.

-O home que vén deitarse con miña nai e me fai fumar ás agachadas- Lina prende un cigarro. Xulieta cala -Eu que sei, ao mellor non lle gusta que o faga.

Lina só a invitara unha vez, ao cumplir os quince. Á noite sairían todos, xa bébedos. Sempre era divertida a festa na vila. Caralluda, diría Romeo. Non había un Loureiro pero no mesón do porto, que en realidade era unha tasca noxenta, podían comer bocadillos de xoubas a calquera hora da noite e sempre había algún momento no que soaban habaneras, unha vella nostalxia do dono, ao que de novo lle prohibiran embarcar por mor dunha doenza de corazón. "E todo nada, nin taquicardia teño", dicía cando lle preguntaban que tal ía o seu. A Xulieta facíalle moita graza ese lamento pola desagraza que nunca acontecera e tamén esa maneira de gardarllas aos médicos polo diagnóstico errado. "Non perdas as esperanzas, calquera día pódeche dar algo. Iso pásalle a calquera", razoáballe Romeo, intentando conter a risa. "Xa, pero mentras aquí estou, atendendo borrachos. Levo toda a vida atendendo borrachos", laiábase dende a barra.

[Non volvas dicirlle iso. Calquera día mátasenos e acábase a festa, animal]

Lina era das que marchara, máis ben só estaba nas vacacións. Tiña na cara un nonseiqué que lle gustaba a Romeo. Xulieta tamén lle vía na faciana algo de moi lonxe, se cadra as pegadas de antepasados doutras razas, máis ela xuraba que alí a carón da taberna vella estaba a casa dos seus e que, a no ser os homes, todos mariñeiros, ninguén vivira xamais noutro lado.

Cando falaban de temas graves -que non era o mesmo que falar con gravidade- sempre acababan mencionando a Romeo sentado na primera cadeira da aula, cos ollos perdidos na nube de integrais e matrices que debuxaba a profesora de Matemáticas sen compaixón todos os venres pola mañá. Xulieta, coa mirada fixa no carderno raiado, calculaba a magnitude da desgraza de non conseguir un aprobado en xuño. Ao pai non podía dicirlle cousas importantes:

-Papá, manqueime por estar facendo o parvo cunha cadeira da cociña.
-Papá, dándolle marcha atrás ao coche toquei na carreta.
-Papá, Romeo e máis eu bicámonos antes de acabar a carreira, pero tranquilo, que non vou deixar os estudos.

[Papá, eu non entendía ren de ecuacións e cando intentaba estudar só pensaba parvadas. Que viña unha avelaíña e se me pousaba enriba da cabeza e cando intentaba espantala abría unha boca grande e se me facía enorme diante do ollos. Ou que un día entraba na casa e vía a mesa do comedor ateigada de fotos de cando era pícara, sen darme conta de que nós nunca tivemos comedor. Tamén podía suceder que pensase en Romeo aquela noite dos quince de Lina fronte ao mar e me botase a rir porque eramos todos uns pailáns, uns pobres rapaciños que non sabían o que era mercar leite en brick nin facer cola diante dos probadores dunha tenda de Inditex. Descubrilo non nos fixo a vida máis doada, pero arrancounos a venda dos ollos e aprendimos os matices, desexamos por vez primeira aquilo que perderamos, o leite que non viña en cartón e caía quente nas mans. A distancia que mantiñamos co resto do mundo acabara sendo insoportable. Romeo non sabía onde estaba, nin a onde ía ir, nin con quen. Non sabía se quería ir a algún lado. Eu estaba farta das paredes da casa, das que non eran do comedor que non tiñamos, pero tamén de ti que non sabías de poesía nin de viaxes nin de Romeo nin pensabas que che quedara algo por saber porque a túa palabra era autoridade e eu, muller de poucos anos, nunca podería desobedecela. Papá, eu era nova pero medrara coa rabia das mulleres enganadas; non ese rancor que ti cres pola mentira ou polos cornos; outro moito peor: o de mamá, que aprendeu a baixar a cabeza e a dicir sempre que si].

A casa de Lina era nova e apenas tiña memoria. A Xulieta gustábanlle os mobles de liñas rectas e limpas do salón e sobre todo a terraza acristalada con vistas ao mar, aínda que ás veces pensaba que un día viría unha onda tan grande que arrastraría a Lina e á nai -e á súa colección de canarios e máis os libros de ioga e sexo tántrico-e poría a casa no seu sitio, varios metros ao interior, cara onde nacían os prados. Pero mentres non chegaba o desastre, contentábase con estar alí, bebendo cervexa gratis na casa de Lina e axexando a Romeo, que esbardallaba cos outros mozos de cousas que a Xulieta non lle importaban nada, pero que se cadra para el eran serias e sesudas coma aquela moza que agora miraba o mar dende a fiestra. Parecía triste, mais en realidade só estaba pensando que un cantil non era un bo lugar para levantar unha casa.