jueves 14 de enero de 2010

Fútbol en septiembre

Jugamos al fútbol frente a la cantina de las fiestas. Era septiembre y algunas cosas volvían a empezar (una llovizna fría nos empapó la noche y a la marquesina agonizaba, silenciosa, al lado del ciprés); todo lo demás seguía igual, pero no nos dimos cuenta porque lo acabábamos de descubrir y era nuevo para nosotros. Era delicioso estar allí y ser de aquella tarde sin horas. A lo mejor nos miraba desde el pasto la vaca de todos los domingos – ella tampoco tenía prisa, porque la vida de estos rumiantes transcurre tranquila entre la leche y los partos – y tal vez cruzaron el cielo varios aviones sin procedencia ni destino, porque se nos olvidó inventárselos (seguíamos con el dedo su rastro de humo y pensábamos que algún día también nosotros escaparíamos).
Jugamos al fútbol frente al cementerio, muy cerca de la calavera ultrajada y el bisabuelo ignoto. Nunca tuvimos miedo de los muertos; es más, siempre los nombrábamos como si estuviesen vivos y pudieran vernos a través de sus lápidas. Por eso el cementerio no era lugar para fiestas: una quinceañera de entonces fue cruelmente humillada por ir a bailar, aquella misma noche, a menos de cien metros de la tumba reciente de la abuela. La blusa verde, que transparentaba el ombligo, no tuvo la culpa de nada, pero sirvió de pretexto (a la muerte no se la teme, pero se la respeta porque es triste, y la tristeza es ridícula si en lugar de desnudarla se enmascara con sombra de ojos).
Jugamos al fútbol al lado de una pareja de novios a la que no le importaba nada el juego. Ella bailaba muy bien y vestía pantalones de pana, a pesar del calor. Él era moreno y servía copas – con el paso de la tarde se fue acercando gente y la barra se llenó de vasos -. A veces la abrazaba y bailaban con la música que llegaba de la cantina. Eran jóvenes, pero no lo suficiente como para contentarse con miradas tiernas y palabras ya usadas por otros. En algún momento abandonaron el juego y se metieron en el coche de él, aparcado a la entrada del campo de la fiesta, de espaldas a la vaca muda que rumiaba somnolienta el almuerzo.
Jugamos al fútbol sin habernos citado a una hora concreta ni en un lugar preciso. Simplemente aparecimos allí todos los que éramos y alguien trajo una pelota. Los equipos no eran de once y no había portero. No hubo zancadillas y teníamos todo el tiempo del mundo para ganar o perder (jugamos hasta que anocheció, y ocurrió tarde, porque era septiembre). Subimos los de abajo y bajaron los de arriba, con sus pantalones cortos y sus brazos morenos – érase una vez un tiempo en el que los niños jugaban fuera y no tenían miedo de las picaduras de mosquito ni de los eucaliptos negros que bordeaban el camino cuando se echaba encima la noche. Sobre nuestras cabezas se encapotó el cielo y el cabello encrespado debió servirnos de advertencia: aquella noche llovería.

Jugamos al fútbol y, para que no sirviese de precedente, ni siquiera nos despedimos cuando empezamos a sentir hambre: cada uno pensó en su propia cena. La mía no la recuerdo, pero sin duda cené: eran los tiempos en los que mi madre me prohibía pasar más allá de la puerta con el estómago vacío. Sí recuerdo como se fue acabando el día, y cómo algunos vecinos agotaron los últimos petardos de la fiesta justo en el crepúsculo. A eso de las nueve empezó a lloviznar: era una lluvia fina, de esas que duran días y me dan sueño, y también jaquecas. No quise darle importancia porque por primera vez en mucho tiempo en el barrio sin luz pasaba algo fuera de lo normal. Unos días antes habían montado un palco de música en el atrio, porque a alguien se le ocurrió que, veinte años después, era bueno que volviésemos a celebrar nuestras fiestas patronales del Santo Cristo (así llamamos por estos lares al horrible santo de madera que nos daba cierta fama en el pasado; el crucificado sanaba, según dicen, enfermedades incurables de los que tenían fe, pero el nuestro debe de ser un pueblo de descreídos porque ningún vecino le reza, son otros los que vienen a traerle flores de vez en cuando, para que no sienta olvidado, aunque lo esté).

En aquel campo en el que jugamos al fúbtol no ha pasado nada en los últimos diez años. La marquesina de los niños terminó viniéndose abajo. Antes se la comió la maleza, así, a la vista de todos, la tierra se le echó encima como un animal salvaje, la devoró, la deshizo, primero el techo, que tantas mañanas protegió de la lluvia a los chicos de los barrios altos, luego, quien sabe cómo paso y en qué corto espacio de tiempo, se derrumbó el resto, las enredaderas rompieron los cristales, tomaron las esquinas, se apropiaron de todo. Cuando subo al campo de la fiesta (no sé por qué le llamo así, nunca volvió a serlo) siento escalofríos al ver la marquesina y pienso que si los niños de entonces tienen memoria sentirán lo mismo y aún más, porque aquel nunca fue mi refugio, sino el suyo.

El campo la fiesta es hoy un lugar sin esperanzas. Nadie lo nombra, ni lo usa, ni se pelea por él. Ha dejado de existir. Sigue teniendo a la entrada un ciprés – intacto desde aquella tarde de fútbol – y casi siempre hay una vaca que pasta justo al otro lado de la curva, silenciosa, un poco triste, como aquella otra a la que no hicimos ni caso por la euforia del juego.

La pareja de novios no lo fue mucho tiempo más. Lo suyo no era a prueba de bomba (nada en este mundo lo es, que yo sepa). Ella tuvo un hijo con otro poco tiempo después y a él ni siquiera lo reconocería si me lo encuentro por la calle. Pero yo quisiera rendirles un pequeño homenaje, porque no creo que nadie haya vuelto a hacer el amor en el campo de la fiesta desde entonces. Desde aquella tarde de septiembre y su noche, que vino un poco fría pero feliz – bailamos hasta la madrugada, sin paraguas pese a la lluvia – nadie que pase por allí se detiene. Sin cantina, sin fútbol y sin refugio uno se da cuenta de que en verdad aquel sitio era más de muertos que de vivos. No es miedo, es tristeza. Están demasiado cerca y ni el ciprés ni la vaca podrían hacer regresar a los niños ni a los amantes. Los que fuimos, los que fueron, se acabaron con el partido, que ni siquiera tuvo ganador porque en algún momento de la tarde dejamos de contar los goles.

martes 17 de noviembre de 2009

La clase



El profesor es un tipo inteligente, se le nota en la mirada, en los gestos de las manos, en la elegancia con la que lleva puesta la americana. Explica bien y además tiene los ojos azules. Pedazo ojos azules tiene el profe. Ahora nos cuenta que Colón descubrió América en 1492. La Pinta, la Niña, la Santa María. Lo repetimos como una letanía, acariciamos las palabras, las pronunciamos despacio, hay cierto mimo en la repetición. La Pinta, la Niña, la Santa María, son nombres exuberantes para una conquista. También lo son los de las embarcaciones. La nao, las dos carabelas. Apuntamos con afán de secretaria. Seremos buenas secretarias en el futuro si conservamos esa diligencia, ese orden incorruptible, esa rigurosidad con la que anotamos las palabras del profesor. Él no se fija, pero la Pinta es verde, la Niña, azul, la Santa María, roja. Hacemos caso de las técnicas de estudio: buena iluminación, si es posible natural; un descansito de quince minutos cada hora, nada de pósters (pobre Ricky Martin) ni fotografías del novio en el corcho de enfrente de la mesita minúscula; el hambre distrae, pero no vaya usted a darse un atracón antes de ponerse a estudiar: correrá el riesgo de quedarse dormida encima del capítulo sobre el comercio de Indias, contratiempo fatal porque la Casa de Contratación de Sevilla siempre cae en el examen. En algún momento tendrá que responder sobre su siesta. Y Bartolomé de las Casas, y el Inca Garcilaso – que nada tiene que ver con el sonetista, pero ay, que bien se ve el profesor recitando aquello de en tanto que de rosa y d’azucena / se muestra la color en vuestro gesto, aunque no venga al caso. Ahora retrocede y habla de Malinche, o Marina, vayan a saber ustedes cómo se llamaba en realidad. Sí que es hermosa la historia de Malinche, pero no se vayan a equivocar, amor hay poco. ¿Saben que es el malinchismo? Negamos con la cabeza y el profe se ríe y por su sonrisa perdemos la explicación y nunca sabremos en qué consiste tal ismo, pero sea como sea Huidobro seguro que tiene algo que ver. De pronto aterrizamos y escuchamos nombres confusos: Grito de Dolores, Grito de Baire, ¿quién no ha gritado alguna vez en el fondo de un valle? Es un espectáculo único, porque las montañas nos devuelven el eco. Luego el desastre del 98, ése sí que nos lo sabemos, nos lo han explicado hasta la saciedad, aunque no lo pudimos entender hasta que escuchamos aquello de “más se perdió en Cuba”; qué buen resumen para toda una lección, ojalá el profe, gran defensor de la brevedad, nos deje explicar el fin de nuestro titubeante imperio con esta frase. Cuba, Puerto Rico, Guam, otra trilogía como La Pinta, La Niña, la Santa María. O como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es una pena, pero no puedo hablarles de José Martí, no entra en el temario y tampoco hay tiempo, pero sepan que fue un gran cronista. Anotamos inmediatamente que José Martí fue “un gran cronista”. Al profe se le ilumina la cara cuando nos ve tan atentas. No hace falta que anoten todo, todavía están en bachillerato. Será por eso que José Martí no entra en el temario. Pero el profesor es muy listo, igualmente lo conoce, aunque no se detiene porque estamos a nada de la Revolución Mexicana y ésa si que no es coser y cantar. Qué bien le sienta al profe la americana. Por cierto, Pancho Villa, el Tigre del Norte, nació en Chihuahua. Menos mal que no estamos en la Universidad, porque tendríamos que aprendernos de memoria toda esa letanía de fechas. En verdad los universitarios, como nuestro profesor, deben de ser gente muy preparada, y muy inteligente. Cuando vayamos a la universidad nos dirán Pancho Villa y soltaremos de corrido todos los datos de su biografía. Y La Pinta, la Niña y la Santa María nos parecerán vocablos estúpidos y cursis. En realidad estaremos a otras cosas, porque habrá muchos chicos inteligentes que vistan americana como el profesor y nos digan palabras hermosas, de esas que una sigue pronunciando un buen rato después de escucharlas, hasta que dejen de tener sentido. Como Malinche, como Baire, como Huidobro, que a estas alturas de la clase, cuando suena el timbre que nos da la libertad, no sabemos si son parientes o tres amigos que se han conocido en el cine.

jueves 12 de noviembre de 2009

Sobre ruinas

Me he criado entre ruinas, será por eso que me gustan. Otros prefieren las cosas nuevas, limpias, vírgenes, pero la verdad es que casi todo lo yo que tengo es de segunda o tercera mano. No es nada grave; en realidad es lo mejor que le puede pasar a quien le gusten las historias. En casa de mis padres, sin buscar mucho, se pueden encontrar las cartas de amor que mi bisabuelo enviaba a mi bisabuela cuando ella tenía trece años. También los recibos de la contribución, algunas bulas para poder comer carne los viernes de Cuaresma, periódicos de los años treinta, recortes de revistas yucatecas, alguna foto del paso de un huracán por la provincia cubana de Santa Clara y esquelas de vecinos que murieron hace tanto que ni siquiera los más viejos del lugar los recuerdan. La última vez que fui a casa, hace más o menos un mes, traje conmigo las cartas que un tío de mi abuela enviaba desde Encrucijada, una ciudad del norte de Cuba en la que levantó una tienda de curtido de pieles a principios de siglo. Las estoy leyendo poco a poco, para ver si entiendo a aquel hombre sencillo, conservador y melancólico que fue mi antepasado. De él sabemos que murió en Cuba y que sus hijos acabaron marchándose, poco después de la Revolución, a Puerto Rico y a Miami. Antes se habían convertido en personas incómodas para el nuevo régimen: una mañana al levantarse encontraron a su perro muerto con un tiro en la cabeza. Entendieron el aviso.
Más que entre ruinas, he crecido en un mundo que se cae a pedazos. Poco a poco, sin que a nadie le importe – a veces ni a mí misma me importa mucho – el mundo que me ha dado las historias más hermosas se desintegra, se disuelve, y ya casi agoniza. Con algunas excepciones escandalosas, como el coche de mi padre, que con casi treinta años funciona a la perfección y ha visto casi de todo: mis padres, aún novios, iban en él al cine los domingos en aquellos años, los 80, en los que las pantallas ofrecían mucha carne y poco mensaje. Había llegado el destape, para escándalo de las amigas quinceañeras de mi madre y de mi madre misma. Pero el coche – puedo reconocer el sonido del motor a kilómetros, pero nunca pude memorizar la matrícula – también tiene historia para mí: en él fui el primer día de colegio, en él aprendí a conducir, en él he llorado y discutido a gritos (aunque también me he reído, y me he reído bastante). Nos dió algún que otro susto, como aquella vez que empezó a dar saltitos cada vez más seguidos sin que nadie supiera bien que pasaba; no le sienta bien el frío y en más de una ocasión hemos tenido que romper con los puños el hielo del parabrisas. Por lo demás, es una reliquia, otra de tantas ruinas que he heredado, el compañero de toda una vida de mi padre.
De las cosas rotas, mejor no hablar. Son todas a mi alrededor. La radio del coche es tan vieja que ni siquiera tiene FM; no la recuerdo funcionar porque se estropeó en algún momento antes de que yo naciese y mi padre nunca tuvo la voluntad de arreglarla. Eso sí, monta en cólera si al cerrar el maletero no apartamos con sumo cuidado la antena, la inútil y retorcida superviviente de sus años mozos.
Pero el mundo se nos cae a pedazos también en sentido literal. Hace unos años, el sacristán apartó los bancos del lado izquierdo de la iglesia porque la bóveda se venía abajo sin remedio. Los domingos, antes de misa, la beata de turno barría con gesto compungido las piedrecitas que iban cayendo durante la semana. Tardé mucho tiempo en darme cuenta que la cúpula de nuestro humilde templo no quería imitar un cielo con nubes: simplemente la pintura azul se desprendía poco a poco. A mí me parecía bonito, no se vayan a creer. Cuando una se aburría durante el sermón, que era la más de las veces, miraba hacia arriba y veía un hermoso cielo con nubes. Vaya engaño.
Ni siquiera los santos han podido resistirse al paso del tiempo. Un día le pregunté al sacristán porque siendo San Tomé (Tomás) nuestro patrón, el que nos da el nombre, nunca lo sacábamos en procesión, para que se aireara un poco el pobre. Siempre he sentido una especie de ternura por Tomé. De los doce apóstoles fue el único que osó desconfiar abiertamente de la resurrección de Cristo y eso lo convierte en un héroe. Yo soy de su escuela, escéptica en la amistad y sobre todo en el amor. Pero Tomé, se lo aseguro, ya no está para esos trotes. “Si lo sacásemos se caería a pedazos”, me dice el sacristán. “Esta completamente roto, pero como tiene el cristal que lo sujeta no se viene abajo”. Desde ese día me cae mejor.
Ahora que están arreglando la iglesia, me pregunto si tal vez arreglarán también a Tomé. No creo, nadie se acuerda mucho de él en este valle ruinoso.
De vez en cuando los que dejaron arruinarse la herencia de los viejos sienten remordimientos. Hace dos años el ayuntamiento empezó a colocar por las parroquias indicaciones con el nombre de los barrios deshabitados, para que vengan y nos vean los excursionistas que no tenemos. Los nombres de los barrios muertos volvieron a sonar en los labios de los vecinos de los barrios vivos, que no tienen señal ni amigo que los visite. ¿Ven como es una maldición? Luis Pimentel lo hubiera explicado mejor, él entendía de lugares tristes. Claudio Rodriguez Fer, uno de los primeros poetas que escribió sobre erotismo en gallego, lo evocaba en aquel poema del "Lugo libre antes del espanto sobre el fango". El verso está en Lugo Blues, mi sueño desde hace tiempo; no se edita ya y a veces me da por perseguirlo, sin éxito, por las bibliotecas de Santiago. Si un día quieren hacerme un regalo, acuérdense de mi pequeña extravagancia.
Y si es de segunda o tercera mano, mejor

martes 18 de agosto de 2009

Melibea


Qué me dices de los incendios que devoran los pastos en los que crecimos
Y rodamos abrazados
Y creímos ser mayores
Sin que nos atacase aún ninguna pasión inútil
Qué me dices de que ahora solo sean pasto de las llamas
Y de que cuando anochece huela a humo
A humo nada más
Qué me dices de las fiestas
Del carmín de las chicas jóvenes que comienzan a pintarse
Que entrenan con tacones
Que prueban la cerveza y no les gusta
(La cerveza no gusta casi nunca la primera vez)
Qué me dices de ellas
Tiernas como flores
Altas, delgadas, rubias como espigas
De sus pequeñas tragedias, qué me dices
El examen de Matemáticas
(Nunca supieron muy bien cómo derivar
Ni como sumar uno más uno sin contraer deudas)
La madre que lo pregunta todo
Qué quién cómo cuándo por qué demonios lo has hecho
El padre que es una ausencia
La casa con sus laderas
Las paredes de las montañas
Qué me dices del temblor de sus manos
Del rosa de sus uñas
De la carne dura que acariciarías si no fuera tan difícil que ellas se acercaran
Y se quedaran dos segundos más después de la fiesta
Ese lugar en el que crees que me conoces
A mí, que he dejado de pintarme hace tiempo
Porque detesto a esas mujeres sin poros que te rodean
Qué me dices de aquellos zapatos
(¿recuerdas mis talones torturados por una aguja de diez centimetros?)
Ya me gusta la cerveza
Y puedo beberla sola o acompañada
(La cerveza y yo funcionamos exactamente de la misma manera)
A ver qué te dicen ellas que no te haya dicho yo
Tu madre es vulgar
(Tú mismo lo eres un poco)
Tu padre me aburre:
Habla de siempre de putas
Debe de ser porque no las conoce
Y le ha quedado una ausencia en alguna parte
Qué se yo dónde
A lo mejor tú mismo eres el culpable de que tu padre
No sea ahora un chulo reconocido
Aunque sabemos que nunca lo haría bien
Tiene buen corazón
Como todos los que hablan de putas
Sin atreverse a cruzar la frontera
Cuánto vale la libertad de una mujer
(Yo a la mía le compro hasta las bragas)
A cuánto compra usted la niña de dientes separados
La que mira huyendo desde el balcón
(En realidad está buscando marido, aunque todavía no lo sabe)
Qué me dices
Puedes pagar en efectivo
Con tarjeta de crédito
A contrareembolso
Y con la tarjeta de compra del Corte Inglés
(El cliente tiene siempre la razón
El amante a veces la pierde)
Qué me dices de todo esto:
Afuera el mundo es un gran mercado a las doce
Las celestinas preparan su discurso frente al espejo
Y Melibea se llena el sujetador con un par de calcetines
(Aunque no se atreverá a besar a nadie sin beber antes un par de cubatas)
Calisto se muerde las uñas
A veces siente la llamada de la vida ascética
Pero se le olvida cuando ve pasar a Melibea
Con sus piernas temblorosas
Y sus dos hermosos calcetines
Como a buen comensal impaciente
A ti también te hubiera gustado la chica del amor funesto
Qué esperas ahí sentado
Las alcahuetas venden sus lenguas afiladas
Y tú quieres gastar mucho esta noche
Qué me dices de los coches que vienen y van
Y de la tristeza frente a la copa
Te me estás convirtiendo en otro más
Ya no tengo fuerzas ni para un regateo
Qué me dices de esto que te digo
Que te estás yendo y no siento lástima
Que la amistad se ha quedado vacía
Y que al amor le han podido las alcahuetas
Melibea, hoy tu padre prepara un lamento nuevo
Pleberio, bébete tus lágrimas
Que no broten de tus ojos por la hija perdida

Hoy Melibea se quedará en casa

martes 11 de agosto de 2009

La frontera

Era un sol pequeniño
que se atopou nas veigas do mencer
(unha mañá delgada, delgadiña
levouno por camiños de nebra)
Aquilino Iglesia Alvariño

Para todos hay un lugar en el que el mundo se hace ancho y ajeno, como diría Ciro Alegría. Para mí es Abadín, más que un lugar, una frontera, la que separa la tierra donde nací del resto del mundo. Siempre soy un poco extranjera más allá de este pueblo discreto que se esconde detrás de las montañas de Mondoñedo, la ciudad hermosa, culta y religiosa que vio crecer a mi madre. En realidad mi relación con Abadín es más lúdica que afectiva – aunque con el juego también empieza el amor -, porque cada año, durante las festividades de Todos los Santos, acudía con mi familia a una feria de ganado en la parroquia de Gontán, modesta, fría y, sin embargo, acogedora. Es famoso el pulpo de Gontán, pero nosotros comíamos en el coche tortilla, jamón y chorizos traídos de casa. A principios de noviembre hace ya mucho frío, se hielan los caminos y los campos, tan verdes en la tierra en que nací, amanecen blancos, las hierbas erguidas, los grifos congelados. He pasado mucho frío en Gontán a pesar de los guantes, la alegría y los churros calientes. Y he pensando tantas veces que aquel mercado gigantesco de la fiesta de los muertos era lo mejor de noviembre que he terminado por creérmelo. Y de ahí esta repentina nostalgia.
El mal tiempo llega a mi casa justo a mediados de octubre, cuando Mondoñedo se prepara para festejar a San Lucas – todo le mundo habla de él pero sospecho que, al contrario de otros santos del lugar, tiene pocos devotos-. Antes ya ha soplado el viento, y ha llovido también, pero todo el mundo sabe que después de As San Lucas sólo puede llegar el otoño, que será invierno pronto (el invierno es un señor muy viejo y muy pobre que vive en Mangoi, me decía mi padre cuando era niña). En realidad, creo que mi vida ha sido una constante huida del verano. No porque no me gusten los días largos y cálidos – más largos que cálidos al norte de la frontera -, ni tampoco porque me aburran las fiestas, las mañanas lentas o los reencuentros con los que viven lejos. Tal vez sea más una cuestión de experiencia personal que de rigor científico, pero hay algo del sopor veraniego que no me sienta del todo bien. Cuando era pequeña, las montañas se hacían más altas a mi alrededor, los días pasaban lentos, las noches solo me traían insomnio y, con el, las ganas de escapar, de cruzar la frontera, de pasar Abadín, sin lágrimas pero con congoja, y adentrarme en el mundo fiero, desconocido y brutal del que vive lejos de los lugares amados. Preparé durante años, con una alevosía que nunca he escondido, mi salida de aquel lugar. Me siento mejor desde entonces, más lejos del hastío, y del estío también. El otoño es una lluvia suave que vuelve a subir el cauce de los ríos y me rescata de la parálisis. Es la llegada del maíz y de las castañas, de todo aquello que me convierte en una nostálgica de cosas concretas: un jersey, un sabor o una noche bonita en medio del desierto de agosto. En Gontán, por ejemplo, comprábamos castañas para asar en la cena, porque en casa se habían talado – nunca entendí muy bien por qué – los dos únicos castaños que nos quedaban. Con aquellos árboles murió algo de mi primera infancia. Con cinco o seis años, mi hermana y yo recogíamos las castañas de sus orizos y las guardábamos en un cubo de la playa. A la misma edad, y casi a la misma altura del otoño, nos hundíamos entre el maíz recién recogido y jugábamos con las barbas de las espigas con las que nuestra madre, siendo niña, fabricaba las únicas muñecas que pudo tener.
Abadín no es hermoso, pero sí coqueto. Durante mucho tiempo creí que era el único lugar del mundo que tenía las farolas de la calle pintadas de rojo, todo un atrevimiento al que, ahora me doy cuenta, solo están autorizados los pueblos fronterizos. Para ser exactos, Abadín no es una frontera, es mi frontera. Más allá de ella no me importa perderme; puedo estar en la China o en Compostela con la misma alegría. En todo caso seré forastera, condición que por otro lado nunca he rechazado. Cuando el autobús en el que suelo viajar atraviesa Abadín – son solo unos metros, unas cuantas casitas pegadas y algún bar de pueblo – tomo aire y miro al mundo con los ojos abiertos. Sé que he salido de casa, que atrás queda la sierra a la que cantó Noriega Varela, el poeta de la montaña, y también Iglesia Alvariño, autor del primer poemario de la posguerra escrito en gallego (la lengua natural y viva de estas tierras y, por lo tanto, también la mía). La montaña cubierta de niebla, en verano y en invierno, en la que cuelgan, solitarias, algunas casas despistadas. Es el mundo que amo pero del que huí, sin remordimientos, hace ya más de tres años. Un mundo que sería perfecto si el otoño, y el amor, durasen siempre.

martes 16 de junio de 2009

Fruto bendito de la caña


Él era un hombre normal, el ciudadano medio. De pequeño había aprendido a rezar, aunque con los años fue abandonando la costumbre de pedir a Dios por la de pedir a sus padres, más accesibles y menos solemnes. Primero se le olvidaría el Credo Niceno (que nunca se había aprendido del todo) y después la Confesión General. Con siete años, entre el Padrenuestro y la Avemaría metía cinco lobitos tiene la loba para hacer la tarea más llevadera. A los nueve se confesó para hacer la Primera Comunión y le dijo al cura que tenía muy malos pensamientos, entre ellos ahogar a su hermana pequeña en la bañera y darle un sorbo al ron negrita que su abuelo guardaba en la despensa. A los trece ya no hablaba con nadie de sus malos pensamientos, que de pronto se habían convertido en algo muy secreto. A los quince dejó de hablar también de los buenos, que eran muchos a pesar de que no quisiera reconocerlo porque la fama es la fama y cuesta mantenerla. A los diecinueve ya no recordaba muy bien qué pensaba a los quince y los malos pensamientos de los trece le parecían el episodio más bochornoso de su vida (aunque de esos si se acordaba y, de hecho, tardaría en olvidarlos, cómo hacerlo si en ellos estaban aquellas tardes de agosto cerca del mar, y el olor a lino de la falda de Clara, y la música que sonaba siempre, parecía que nunca se agotaba la música, que el mundo entero era música, y amigos, y Clara, y el mar de agosto). Los malos pensamientos ahora eran otra cosa: quedarse en silencio ante el espejo y mirarse a sí mismo dos minutos y olvidar que se estaba mirando, que sus ojos lo apuntaban, a él mismo, como si fuese otro el que miraba. O encender la luz del cuarto a las tres de la mañana, con el corazón queriéndosele escapar del pecho. O discutir con Clara y dejarla llorando y sentir que ni eso le importaba. Los malos pensamientos eran los que aparecían cuando trataba de callarlos, justo cuando iba a asestarles el golpe mortal allí estaban, vivos, seductores, tan terribles en su belleza como las chicas que a los trece años le hacían sentirse blasfemo y pecador. A los veintiuno se había deshecho de todos sus CD y sólo los recordaba cuando en algún bar sonaban canciones viejas. Entonces cantaba, bailaba, se ponía eufórico de alegría, que en realidad era una nostalgia que nunca había aceptado. Se cruzó con Clara por la calle – ella estaba junto al estanco, comprando pipas – y la saludó, le preguntó por sus estudios, por la salud de su padre, por su nuevo corte de pelo. Y siguió caminando como si nada. A los veinticinco conoció a Elena, que en la segunda cita le regaló un libro de Darío Fo. Nunca más volvieron a verse. A los veintiocho había engordado cinco kilos y comenzaban a producirle sarpullidos las personas menores de veinte. Y también los bares en donde se reunían los sábados por la noche para no hablar de nada, solo gritar, bailar un poco y mal y quitarse los complejos con el ron negrita (su ron negrita, nunca había visto una botella tan hermosa como la que guardaba su abuelo en la despensa). A los treinta había firmado un buen contrato de trabajo, se había mudado a un piso nuevo y tenía un perro llamado Salomón que le había hecho descubrir su fascinación por los nombres bíblicos. Se había acostado con ocho mujeres, amado a dos y olvidado sin grandes traumas al resto. Su madre lo veía guapo pero un poco triste; aún así, le agradecía al cielo – como se suele hacer con todo lo que no tiene explicación – que nunca hubiera sentido inclinación por la política militante, por el ecologismo y por los viajes largos. Su padre, con el que había abierto por fin la botella de ron negrita del abuelo, seguía pensando que le hacía falta una mujer, pero no una Clara insípida de falditas de lino y pipas los domingos; una mujer que solucionase sus conflictos con los malos pensamientos, si acaso también con los buenos. Se lo había dicho mientras apuraban el segundo trago de ron. Se está volviendo loco mi padre, pensaba o, como mínimo, lo está perjudicando el ron. Fruto bendito de la caña de azúcar, venga a nosotros tu reino. Da gusto beber con un padre borracho que a los diecisiete ya sabía lo que era la guerra, que a los diecinueve había buscado fortuna en el extranjero, que a los veinticuatro lo tenía a él en brazos, que a los treinta y siete adivinaba sus malos pensamientos porque eran los mismos que él había tenido contemplando la botella de ron negrita del padre, tan deseable en la despensa, al lado de la guinda y del vino dulce con una cita hermosa de Baudelaire en la etiqueta. Una mujer con la cabeza bien amueblada, con estudios, que le quitase los tormentos y las tormentas, que eran las suyas también, porque de humanos es sufrir tempestades. Una mujer que a los trece hubiera descubierto el ron negrita del abuelo y se lo hubiera bebido a escondidas, pensaba él. ¿A los trece? Me parece muy pronto para una chica. Mejor a los dieciocho, es más prudente, aseguraba el padre, que a esa edad ya conocía el ron, la guinda, el brandy y el aguardiente. Una chica que a los veintidós supiera pelar patatas como un robot de cocina. Una mujer, muchacho, una mujer con pantalones y no con falda de lino. A los quince se habría muerto de la risa o, lo que es lo mismo, se habría muerto de vergüenza. A los veinte habría buscado a Clara por última vez para pedirle que fuese su robot de cocina y Clara le habría escupido su odio con lágrimas en los ojos, como casi siempre. No lo había hecho y Clara era ahora un recuerdo borroso, una falda blanca llena de arena de la playa, una canción de amor de la que solo recordaba el estribillo. A los veintinueve lo supo. Fue en verano y ese día descubrió, saludándolo de lejos, al desamor de tantos años.

A los treinta, del ron negrita sólo quedaba el fondo de la botella y se lo bebían, a grandes sorbos, el padre y el hijo, que purgaban a destiempo los pensamientos malos, sin saber aún qué iban a hacer con los buenos.

jueves 21 de mayo de 2009

Los lugares tranquilos

No reserves del mundo sólo un rincón tranquilo- Mario Benedetti


Vivimos tiempos extraños. Hace tan sólo unas semanas, el mundo creyó ser víctima de una epidemia mundial. Se cerraron escuelas, discotecas y los amantes empezaron a besarse por encima de un pedazo de plástico. Qué sería de nosotros sin la asepsia, el latex y las cuarentenas. Tal vez no recordaríamos que los seres humanos somos un peligro hasta para nosotros mismos, no digamos ya para los demás (esta mañana alguien ha roto la puerta de mi edificio por segunda vez en menos de un mes, algo que me enfurece más de lo que me asusta, pero que de todas maneras ni entiendo ni pienso entender por mucho que imagine que hacer añicos un cristal conlleva un placer inmenso y reduce el estrés).

Vivimos tiempos tan extraños que a veces no nos damos ni cuenta de que lo son. Parece que la crisis económicá está reduciendo de forma considerable el número de divorcios. No son buenos tiempos para el desamor. En época de escasez, vamos a darnos hasta quintas oportunidades si hace falta, vamos a taparnos los oídos y a vendarnos los ojos porque las rupturas, además de tristes, son ahora más caras que nunca. No voy a mentir, me dan lástima esas parejas unidas por la crisis, mucha más que las que durante días no pudieron besarse en los labios a causa de un virus más juguetón que mortífero. La existencia de esos elementos indispensables del buen amor - la hipoteca, el coche, la casita en la playa - comprometen más que el amor mismo (no me digan que el amor no es un tipo extraño de estupidez, sobre todo cuando adquiere rango público y deja de ser algo íntimo). Cómo separarse de la hipoteca - que no acepta demandas de divorcio -, cómo renunciar a ese cochazo -prolongación de la propia persona más que simple medio de locomoción- cómo afrontar las pérdidas económicas del desamor, allende de las emocionales, en el caso de que las haya. Ante estas perspectivas, es preferible reservarse el lugar tranquilo del hogar conyugal, esperar que pase la tormenta y, si no pasa, mejor el desamor secreto que el amor hipotético - que no hay que descartar que sea desamor algún día.
Estos tiempos son tan extraños que incluso los periódicos no renuncian al placer del miedo colectivo. Yo, que para algunas cosas soy una sádica, he disfrutado mucho con las crónicas que el periodista de El País Pablo Ordaz enviaba diariamente desde Ciudad de México durante los días álgidos de la gripe - la nueva, la A, la del cerdo, yo prefiero el último calificativo, el más cálido con diferencia aunque no sea muy acertado. Ver vacía una de las ciudades más pobladas del mundo tiene que ser algo apoteósico, incluso he sentido envidia de no estar allí para sentir -jamás pensé decirlo - la tranquilidad del Distrito Federal. Lo único malo era la existencia del virus, la amenaza que al parecer se gestaba en cada esquina, en los puestos de comida callejera, en los cines, en el aliento del que respiraba al lado. Reclusión. Reservémonos ese lugar tranquilo del mundo que es nuestro hogar - se supone que el conyugal. Es tópico, pero en momentos así no pude evitar recordar a Boccaccio y la reclusión en Florencia de un grupo de diez personas que huían de la peste negra. No sé si Calderón recomendó a sus compatriotas que se contaran historias para superar el hastío; si no lo hizo, tremendo error, porque así el encierro hubiera resultado más simpático y él hubiera quedado de hombre leído.
Estos tiempos que corren son tan extravagantes que incluso yo misma me he visto afectada por un virus del que hasta ahora me había librado, cosa rara en mí. Ahí estaba esperándome, para saldar viejas cuentas, la Varicela. La llegada de la Varicela es un acontecimiento que sólo ocurre una vez en la vida, así que yo, como buena anfitriona, me he esforzado en tratarla bien ahora que está conmigo y sólo conmigo - es curioso, pero creo que a doscientos km a la redonda estoy siendo la única afectada, algo raro porque es una enfermedad muy contagiosa. Ahora acaba mi particular reclusión contra los virus - ha durado una semana, con algunos deslices consistentes en breves incursiones en la vida cotidiana camuflada bajo pañuelos y jersys de cuello alto. Por lo demás, mi Varicela y yo hemos tenido una relación razonablemente cordial; incluso le agradezco que no haya sido excesivamente vengativa conmigo y sólo me haya dado unas pocas décimas de fiebre. La despido con gusto, contenta de que no vuelva más y satisfecha de haber pasado el trámite.
No sé si en estos tiempos extraños debemos refugiarnos en esos lugares tranquilos de los que habla todo el mundo. Buscarle tres pies al gato es peligroso cuando tenemos las defensas bajas y poco dinero en el bolsillo. Quizás lo mejor sea que nos quedemos en casa. Qué pena, con este sol y estos días largos de primavera. Y el mundo, que es tan complicado y doloroso, ¿tendrá el mismo sentido si dejamos de darle cuerda con nuestras pequeñas tragedias? Yo, en estos días extraños, recuerdo mucho a Benedetti, que decía aquello de no reserves del mundo sólo un rincon tranquilo o también aquel no quieras con desgana o no te salves ahora ni nunca. Me gustan estos versos porque invitan a enfrentarse a las cosas difíciles de la vida, no huyendo de ellas ni buscando refugios fáciles. El mundo, con sus virus y sus depresiones, es un lugar incómodo a veces y, en estos tiempos extraños en los que todo el mundo quiere salvarse, más todavía. Por eso es tan mala noticia nuestro miedo al desamor, o a los países en los que aparentemente ataca con más virulencia el virus de la gripe. Al final no buscamos más que lugares tranquilos, asépticos. Sólo así se nos pasa la vida sin apenas darnos cuenta de que es un lugar incómodo.
(Y qué pena, con este sol y estos días largos de primavera)